Sólo podemos encontrar el amor en su morada íntima, nuestro propio corazón. El corazón, o chakra cardíaco, es el órgano que nos permite abrirnos a las demás personas y al mundo. Se lo considera la fuente del amor incondicional y la compasión, y al conectarnos con él absorbemos la energía necesaria para ingresar en los rincones más oscuros.
El amor incondicional es la capacidad de amar sin condiciones, preferencias o expectativas. Amar incondicionalmente no significa no poner límites cuando es necesario o apropiado, ya que eso no sería amor, sino sometimiento. Este tipo de amor implica la aceptación de las demás personas tal como son, aun cuando posean cualidades o caracteres que nos desagraden. Por otra parte, el amor incondicional bien entendido empieza en casa, con la inclusión amorosa de todos nuestros aspectos. El amor hacia uno mismo, con sombra incluida, se traduce luego en la capacidad de amar realmente a los demás.
La compasión es la atención al sufrimiento de otra persona, unida al deseo de ayudarla y contenerla. La palabra compasión significa padecer juntos, abrir nuestro corazón para sentir el dolor ajeno como si fuera el propio. No se trata de sentir lástima o tristeza, sino de la comprensión del corazón que también ha sufrido y que conoce el rol transformador del sufrimiento. Al igual que el amor incondicional, la compasión comienza a nivel interno, cuando somos capaces de sentirla por nuestro propio sufrimiento, nuestra ignorancia e ineptitud e, incluso, nuestra falta de compasión.
Alicia Schmoller se graduó como psicóloga en Buenos Aires y en Nueva York estudió Psicología Transpersonal. Además, mitos, arquetipos y un tema que apasionaba a Jung, la sombra, nuestra parte oscura. Publicamos un fragmento de su libro La sombra, Cómo iluminar nuestros aspectos ocultos.
martes, 16 de junio de 2009
domingo, 12 de abril de 2009
EL SENTIDO DE LAS CRISIS
(adaptado de mi libro: La Sombra – cómo iluminar nuestros aspectos ocultos y publicado en concienciasinfronteras.com - revista virtual de España).
El ego considera que podemos controlar nuestra vida de acuerdo a sus preferencias. En consecuencia, ordenamos nuestros días mediante una serie de hábitos y costumbres, suponiendo que todo se mantendrá igual mientras así lo deseemos.
Cuando sobreviene algún acontecimiento imprevisto, el equilibrio que supimos conseguir se pierde, requiriendo modificaciones que a veces resultan relativamente sencillas de efectuar. Sin embargo, existen circunstancias en que la vida cotidiana se ve alterada de manera drástica, y nos sentimos perdidos, abrumados y desbordados: estamos en crisis.
Existen dos tipos de crisis. Las crisis evolutivas son aquellas por las pasamos todos los seres humanos. Estas son las transiciones esperables de la vida: el nacimiento, la pubertad, el ingreso en la mediana edad o la vejez... Por el contrario, las crisis circunstanciales son súbitas e inesperadas. Una enfermedad, el divorcio, el fracaso de algún proyecto, la pérdida del trabajo o de un ser querido nos obligan a tomar conciencia de que el ego y nuestra voluntad consciente no controlan al mundo, tal como lo demuestra claramente la crisis internacional actual.
Toda crisis brinda la posibilidad de evolucionar. Cuando un suceso repentino nos obliga a abandonar nuestros hábitos cristalizados, se activa un potencial insospechado. La teoría del caos sostiene que existe un orden subyacente en lo que parece ser caótico, y que los sistemas caóticos se caracterizan por una gran capacidad de adaptación al cambio. Lamentablemente, no ocurre lo mismo con los seres humanos, y a la mayoría de las personas les resulta sumamente difícil renunciar al orden establecido para adaptarse a la forma aparentemente desorganizada en que suele presentarse lo nuevo.
La capacidad para efectuar los cambios necesarios varía. Algunas personas pueden convertir el plomo en oro y, logran, justamente debido a una crisis, realizar una gran transformación. Otras, en cambio, poseen un talento para la alquimia inversa, y convierten al oro potencial en plomo: se instalan en el resentimiento y el rol de víctimas, culpando a otros - su pareja, sus hijos, su mala suerte, la sociedad corrupta, o Dios – por las desdichas que les ocurren.
Las crisis revelan aspectos desconocidos de nuestro ser. Tendemos a identificarnos exclusivamente con nuestros deseos conscientes, y nos cuesta comprender que todas las circunstancias de nuestra vida son una expresión de las diferentes dimensiones de nuestro ser. Así, cada acontecimiento que nos sucede es algo correcto y apropiado desde una visión espiritual más amplia. Le agrade o no al ego, toda experiencia es absolutamente necesaria para poder evolucionar.
Con frecuencia pasamos por una situación que inicialmente nos parece terrible, pero con el correr del tiempo, descubrimos sus ventajas y beneficios. Por ejemplo, pese a constituir una aparente desgracia, la disolución de una empresa familiar puede liberar a una persona para seguir su camino individual y dedicarse a alguna actividad postergada.
Enfrentado con una situación dolorosa, el ego se enfada y pregunta: “¿Por qué me tiene que suceder esto justo a mí?”, cuando en realidad cabría preguntarnos por qué creemos que deberíamos estar exentos de nuestra cuota personal de dolor. Tenemos la opción de sufrir y lamentarnos por lo que nos sucede, o aceptar que el dolor es una parte inevitable de la vida y aprender de cada experiencia.
Una crisis representa tanto un peligro como una oportunidad. El peligro es seguir aferrados a lo conocido; la oportunidad es abrirnos a lo desconocido, descubrir recursos nuevos e ingresar en una etapa de mayor madurez.
Renunciar no es sencillo. Un pollito debe realizar un gran esfuerzo para salir del cascarón, pero si alguna persona se compadeciera del pobre animalito y lo ayudara en su ardua labor, éste no sería capaz de sobrevivir, ya que su esfuerzo lo fortalece para enfrentar la vida. Lo mismo sucede a nivel humano: las experiencias difíciles nos obligan a salir de la zona de confort para desarrollar fortaleza y resiliencia.
No hay expansión de conciencia sin dolor. El dolor nos permite crecer y trascender la conciencia infantil, que se rige por el principio del placer, y que cree que todos sus deseos deben ser satisfechos de inmediato.
El budismo sostiene que la causa del sufrimiento es el apego. Generalmente nos adherimos al pasado, a lo que deberíamos dejar atrás. Lo desconocido causa temor porque implica lidiar con la ignorancia, la torpeza y la posibilidad de fracasar. No obstante, el fracaso es una experiencia imprescindible que nos ayuda a madurar y a ser humildes, mientras que el éxito constante nos mantiene en un estado de superficialidad y omnipotencia. Todas las personas sabias han conocido la derrota y han aprendido de ella.
Las crisis conducen a un estado de emergencia emocional. Si bien pueden contribuir a nuestra evolución espiritual, es necesario tolerar las emociones concomitantes. Hay personas que se niegan a vivenciar sus emociones y que realizan una especie de “bypass espiritual”, recurriendo a la religión o a alguna práctica espiritual para escapar de lo que sienten.
En muchas tradiciones religiosas, el cuerpo ha sido considerado una fuente de impulsos y pasiones peligrosas. Sin embargo, el espíritu no es algo desencarnado que existe en una supuesta nube en el cielo: vive en cada célula de del cuerpo, y la espiritualidad genuina debería incluirlo y darle la misma importancia que le otorga a las demás dimensiones de nuestro ser.
Tendemos a disociarnos del cuerpo y de su vulnerabilidad. Si bien la función de este mecanismo es protegernos del dolor, el resultado es que también obstruye las vivencias de placer.
Tenemos una serie de creencias negativas respecto de las emociones displacenteras que, por lo general, guardan poca o ninguna relación con la experiencia real. Nos resistimos a vivenciar nuestro miedo, cuando en realidad, esta emoción surge debido a la percepción de que no poseemos los recursos necesarios para enfrentar una situación determinada, y nos permite descubrir que hay cualidades que necesitamos desarrollar. Negamos nuestro enojo, que suele encubrir al dolor, y nos ayuda a registrar que nos sentimos frustrados y heridos. Escapamos de nuestra tristeza, creyendo que nos tragará cual agujero negro, y reprimimos el deseo de llorar suponiendo que nos derretiremos en un mar de lágrimas. En tal sentido, los tres estados de la materia - sólido, líquido y gaseoso - sirven como metáfora para comprender que las emociones “sólidas” (esto es, contenidas y cristalizadas) necesitan pasar al estado líquido - las lágrimas - para luego evaporarse.
La resistencia genera persistencia, mientras que lo que se procesa, cesa, o al menos, se modifica. Cuando nos permitimos sentir una emoción, ésta se transforma - ninguna es permanente, salvo cuando la evitamos-.
La confianza en nuestros recursos y en la sabiduría de la vida nos ayuda a atravesar las crisis. Cuenta una historia que un viejo campesino sabio vivía en la China con su único hijo y con un caballo que un día escapó. Al enterarse, su vecino se acercó y le dijo: “¡Qué terrible que hayas perdido a tu caballo!”. El campesino se limitó a responderle: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”. Pocos días después, el caballo regresó trayendo consigo seis caballos salvajes. El vecino, entusiasmado, le dijo:”¡Qué suerte que tienes ahora al tener tantos caballos!”. El anciano volvió a decirle: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”.
Cuando su hijo intentó montar a uno de los caballos salvajes, se cayó y se quebró una pierna. Nuevamente se acercó el vecino, diciéndole: “¡Qué mala suerte ha tenido tu hijo al lastimarse de esta forma!”, y el campesino repitió: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”. Una semana más tarde, llegaron los soldados del rey y se llevaron a todos los hombres de la aldea para luchar en la guerra, y el único que se salvó de ir al frente de batalla debido a su pierna herida fue el hijo del campesino.
Esta historia muestra que necesitamos aprender a confiar en los procesos y acompañarlos, en lugar de apresurarnos a sacar conclusiones prematuras sin tener noción del cuadro completo.
De alguna u otra forma, fuimos capaces de resolver todos los conflictos que en su momento nos parecieron algo terrible. Sin embargo, cada vez que surge una nueva dificultad, suponemos futuros catastróficos o aterradores que, por lo general, no ocurren.
Al respecto, es útil recordar la frase de Mark Twain, el famoso novelista: “Soy un hombre anciano, y he conocido infinidad de problemas, la mayoría de los cuales sólo existieron en mi propia mente”.
Las crisis son iniciaciones potenciales que suelen implicar un final, una pérdida o muerte simbólica. La superación de las crisis requiere la capacidad para la renuncia, cualidad prácticamente inexistente en el ego, que no soporta perder y que recurre a diversas estrategias para preservar el status quo.
Las crisis exigen un sacrificio, palabra que significa convertir algo en sagrado y ofrendarlo. Sacrificarnos y aceptar una pérdida es diferente de la resignación, que tiene un dejo de amargura. No se trata de resignarnos para seguir sufriendo, sino de una entrega que genera la posibilidad de ingresar en lo nuevo.
Por ejemplo, la ruptura de una relación de pareja suele ser una experiencia dolorosa, frente a la cual podemos reaccionar de diversas maneras. Tal vez experimentemos tristeza, ira, o la necesidad de echarle la culpa a la otra persona. A veces intentamos vengarnos, lo que nos provee de una falsa sensación de poder. En ocasiones, negamos lo que sentimos, cubriendo nuestro dolor con una máscara de indiferencia para decretar, al igual que el zorro en la fábula de Esopo, que “las uvas estaban verdes”.
Aunque el final de una relación puede hacernos creer que hemos fracasado, con el correr del tiempo podremos descubrir que una serie de cualidades personales que habíamos proyectado en la otra persona han pasado a formar parte del repertorio propio.
Muchas veces lo que una persona más teme resulta ser precisamente lo que más le permitirá evolucionar.
Todo final conduce a un nuevo comienzo. Luego de la pérdida de sus hojas durante el otoño, un árbol parece estar muerto, y sólo vemos un tronco y ramas secos. Sin embargo, en su interior ocurren procesos invisibles que le permitirán volver a florecer en la primavera.
Toda persona creativa sabe que antes de que emerja lo nuevo, existe un momento durante el cual no parece ocurrir nada, un período de quietud y vacío imprescindible para que la energía vuelva a acumularse en el inconsciente – este es el significado de la expresión “vacío fértil”.
Nuestro nivel de conciencia determina cómo vivenciamos cada situación. No podemos ejercer el control sobre las experiencias que nos ocurren, pero tenemos la posibilidad de elegir cómo responder a ellas.
Existen dos maneras de lidiar con los acontecimientos indeseados. La primera, la más habitual, es el intento de modificar la situación externa. La segunda opción es menos frecuente pero más enriquecedora, y consiste en modificar nuestras reacciones, lo cual requiere dedicación y práctica.
Cuando nos liberamos de la obstinación del ego por lograr lo que desea, podremos darnos cuenta de que nuestro ser interior sabe lo que realmente necesitamos, y se ocupa de generar las situaciones apropiadas para que logremos evolucionar.
El inconsciente registra patrones, y responde de igual manera frente a un acto simbólico y a un acto “real”. Hay actos simbólicos que podemos realizar para afirmar – hacer firme – la intención de modificar nuestra reactividad frente a los acontecimientos indeseados. Algunos de estos incluyen centrarnos, meditar, realizar actividad física para descargar el estrés, conectar con la naturaleza, llevar un diario personal en el que registremos nuestras reflexiones sobre los procesos que estamos transitando, tomar conciencia de todo lo que tenemos para agradecer y que generalmente damos por sentado, suponiendo que lo merecemos…
La crisis actual refleja la necesidad profunda que tiene la humanidad de realizar un cambio de valores. En lugar de caer en un estado de hipnosis colectiva plagado de creencias negativas, y en vez de suponer que estamos llegando al fin del mundo, precisamos darnos cuenta de que se trata del fin de una etapa, de un cambio de paradigma que nos permitirá desarrollar un nuevo nivel de conciencia.
Escribió Joseph Campbell en El Poder del Mito: “En el fondo del abismo surge la voz de la salvación. El momento de negrura es el momento en que está por surgir el verdadero mensaje de transformación. En el momento de mayor oscuridad, surge la luz”.
Esto me recuerda la frase de una gran amiga mía, que le fuera transmitida por su abuela: “Tal vez no puedas evitar que las aves del desaliento sobrevuelen tu cabeza, pero no permitas que aniden en ella”.
Si logramos tolerar la agonía que suele producir una crisis, en algún momento surge su resolución, las nubes negras se disipan y el sol vuelve a brillar.
En el ínterin, centrarnos exclusivamente en el momento presente, darle cabida plena a todo lo que sentimos, y saber que esto también pasará nos ayudará a atravesar la así llamada noche oscura del alma.
El ego considera que podemos controlar nuestra vida de acuerdo a sus preferencias. En consecuencia, ordenamos nuestros días mediante una serie de hábitos y costumbres, suponiendo que todo se mantendrá igual mientras así lo deseemos.
Cuando sobreviene algún acontecimiento imprevisto, el equilibrio que supimos conseguir se pierde, requiriendo modificaciones que a veces resultan relativamente sencillas de efectuar. Sin embargo, existen circunstancias en que la vida cotidiana se ve alterada de manera drástica, y nos sentimos perdidos, abrumados y desbordados: estamos en crisis.
Existen dos tipos de crisis. Las crisis evolutivas son aquellas por las pasamos todos los seres humanos. Estas son las transiciones esperables de la vida: el nacimiento, la pubertad, el ingreso en la mediana edad o la vejez... Por el contrario, las crisis circunstanciales son súbitas e inesperadas. Una enfermedad, el divorcio, el fracaso de algún proyecto, la pérdida del trabajo o de un ser querido nos obligan a tomar conciencia de que el ego y nuestra voluntad consciente no controlan al mundo, tal como lo demuestra claramente la crisis internacional actual.
Toda crisis brinda la posibilidad de evolucionar. Cuando un suceso repentino nos obliga a abandonar nuestros hábitos cristalizados, se activa un potencial insospechado. La teoría del caos sostiene que existe un orden subyacente en lo que parece ser caótico, y que los sistemas caóticos se caracterizan por una gran capacidad de adaptación al cambio. Lamentablemente, no ocurre lo mismo con los seres humanos, y a la mayoría de las personas les resulta sumamente difícil renunciar al orden establecido para adaptarse a la forma aparentemente desorganizada en que suele presentarse lo nuevo.
La capacidad para efectuar los cambios necesarios varía. Algunas personas pueden convertir el plomo en oro y, logran, justamente debido a una crisis, realizar una gran transformación. Otras, en cambio, poseen un talento para la alquimia inversa, y convierten al oro potencial en plomo: se instalan en el resentimiento y el rol de víctimas, culpando a otros - su pareja, sus hijos, su mala suerte, la sociedad corrupta, o Dios – por las desdichas que les ocurren.
Las crisis revelan aspectos desconocidos de nuestro ser. Tendemos a identificarnos exclusivamente con nuestros deseos conscientes, y nos cuesta comprender que todas las circunstancias de nuestra vida son una expresión de las diferentes dimensiones de nuestro ser. Así, cada acontecimiento que nos sucede es algo correcto y apropiado desde una visión espiritual más amplia. Le agrade o no al ego, toda experiencia es absolutamente necesaria para poder evolucionar.
Con frecuencia pasamos por una situación que inicialmente nos parece terrible, pero con el correr del tiempo, descubrimos sus ventajas y beneficios. Por ejemplo, pese a constituir una aparente desgracia, la disolución de una empresa familiar puede liberar a una persona para seguir su camino individual y dedicarse a alguna actividad postergada.
Enfrentado con una situación dolorosa, el ego se enfada y pregunta: “¿Por qué me tiene que suceder esto justo a mí?”, cuando en realidad cabría preguntarnos por qué creemos que deberíamos estar exentos de nuestra cuota personal de dolor. Tenemos la opción de sufrir y lamentarnos por lo que nos sucede, o aceptar que el dolor es una parte inevitable de la vida y aprender de cada experiencia.
Una crisis representa tanto un peligro como una oportunidad. El peligro es seguir aferrados a lo conocido; la oportunidad es abrirnos a lo desconocido, descubrir recursos nuevos e ingresar en una etapa de mayor madurez.
Renunciar no es sencillo. Un pollito debe realizar un gran esfuerzo para salir del cascarón, pero si alguna persona se compadeciera del pobre animalito y lo ayudara en su ardua labor, éste no sería capaz de sobrevivir, ya que su esfuerzo lo fortalece para enfrentar la vida. Lo mismo sucede a nivel humano: las experiencias difíciles nos obligan a salir de la zona de confort para desarrollar fortaleza y resiliencia.
No hay expansión de conciencia sin dolor. El dolor nos permite crecer y trascender la conciencia infantil, que se rige por el principio del placer, y que cree que todos sus deseos deben ser satisfechos de inmediato.
El budismo sostiene que la causa del sufrimiento es el apego. Generalmente nos adherimos al pasado, a lo que deberíamos dejar atrás. Lo desconocido causa temor porque implica lidiar con la ignorancia, la torpeza y la posibilidad de fracasar. No obstante, el fracaso es una experiencia imprescindible que nos ayuda a madurar y a ser humildes, mientras que el éxito constante nos mantiene en un estado de superficialidad y omnipotencia. Todas las personas sabias han conocido la derrota y han aprendido de ella.
Las crisis conducen a un estado de emergencia emocional. Si bien pueden contribuir a nuestra evolución espiritual, es necesario tolerar las emociones concomitantes. Hay personas que se niegan a vivenciar sus emociones y que realizan una especie de “bypass espiritual”, recurriendo a la religión o a alguna práctica espiritual para escapar de lo que sienten.
En muchas tradiciones religiosas, el cuerpo ha sido considerado una fuente de impulsos y pasiones peligrosas. Sin embargo, el espíritu no es algo desencarnado que existe en una supuesta nube en el cielo: vive en cada célula de del cuerpo, y la espiritualidad genuina debería incluirlo y darle la misma importancia que le otorga a las demás dimensiones de nuestro ser.
Tendemos a disociarnos del cuerpo y de su vulnerabilidad. Si bien la función de este mecanismo es protegernos del dolor, el resultado es que también obstruye las vivencias de placer.
Tenemos una serie de creencias negativas respecto de las emociones displacenteras que, por lo general, guardan poca o ninguna relación con la experiencia real. Nos resistimos a vivenciar nuestro miedo, cuando en realidad, esta emoción surge debido a la percepción de que no poseemos los recursos necesarios para enfrentar una situación determinada, y nos permite descubrir que hay cualidades que necesitamos desarrollar. Negamos nuestro enojo, que suele encubrir al dolor, y nos ayuda a registrar que nos sentimos frustrados y heridos. Escapamos de nuestra tristeza, creyendo que nos tragará cual agujero negro, y reprimimos el deseo de llorar suponiendo que nos derretiremos en un mar de lágrimas. En tal sentido, los tres estados de la materia - sólido, líquido y gaseoso - sirven como metáfora para comprender que las emociones “sólidas” (esto es, contenidas y cristalizadas) necesitan pasar al estado líquido - las lágrimas - para luego evaporarse.
La resistencia genera persistencia, mientras que lo que se procesa, cesa, o al menos, se modifica. Cuando nos permitimos sentir una emoción, ésta se transforma - ninguna es permanente, salvo cuando la evitamos-.
La confianza en nuestros recursos y en la sabiduría de la vida nos ayuda a atravesar las crisis. Cuenta una historia que un viejo campesino sabio vivía en la China con su único hijo y con un caballo que un día escapó. Al enterarse, su vecino se acercó y le dijo: “¡Qué terrible que hayas perdido a tu caballo!”. El campesino se limitó a responderle: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”. Pocos días después, el caballo regresó trayendo consigo seis caballos salvajes. El vecino, entusiasmado, le dijo:”¡Qué suerte que tienes ahora al tener tantos caballos!”. El anciano volvió a decirle: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”.
Cuando su hijo intentó montar a uno de los caballos salvajes, se cayó y se quebró una pierna. Nuevamente se acercó el vecino, diciéndole: “¡Qué mala suerte ha tenido tu hijo al lastimarse de esta forma!”, y el campesino repitió: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”. Una semana más tarde, llegaron los soldados del rey y se llevaron a todos los hombres de la aldea para luchar en la guerra, y el único que se salvó de ir al frente de batalla debido a su pierna herida fue el hijo del campesino.
Esta historia muestra que necesitamos aprender a confiar en los procesos y acompañarlos, en lugar de apresurarnos a sacar conclusiones prematuras sin tener noción del cuadro completo.
De alguna u otra forma, fuimos capaces de resolver todos los conflictos que en su momento nos parecieron algo terrible. Sin embargo, cada vez que surge una nueva dificultad, suponemos futuros catastróficos o aterradores que, por lo general, no ocurren.
Al respecto, es útil recordar la frase de Mark Twain, el famoso novelista: “Soy un hombre anciano, y he conocido infinidad de problemas, la mayoría de los cuales sólo existieron en mi propia mente”.
Las crisis son iniciaciones potenciales que suelen implicar un final, una pérdida o muerte simbólica. La superación de las crisis requiere la capacidad para la renuncia, cualidad prácticamente inexistente en el ego, que no soporta perder y que recurre a diversas estrategias para preservar el status quo.
Las crisis exigen un sacrificio, palabra que significa convertir algo en sagrado y ofrendarlo. Sacrificarnos y aceptar una pérdida es diferente de la resignación, que tiene un dejo de amargura. No se trata de resignarnos para seguir sufriendo, sino de una entrega que genera la posibilidad de ingresar en lo nuevo.
Por ejemplo, la ruptura de una relación de pareja suele ser una experiencia dolorosa, frente a la cual podemos reaccionar de diversas maneras. Tal vez experimentemos tristeza, ira, o la necesidad de echarle la culpa a la otra persona. A veces intentamos vengarnos, lo que nos provee de una falsa sensación de poder. En ocasiones, negamos lo que sentimos, cubriendo nuestro dolor con una máscara de indiferencia para decretar, al igual que el zorro en la fábula de Esopo, que “las uvas estaban verdes”.
Aunque el final de una relación puede hacernos creer que hemos fracasado, con el correr del tiempo podremos descubrir que una serie de cualidades personales que habíamos proyectado en la otra persona han pasado a formar parte del repertorio propio.
Muchas veces lo que una persona más teme resulta ser precisamente lo que más le permitirá evolucionar.
Todo final conduce a un nuevo comienzo. Luego de la pérdida de sus hojas durante el otoño, un árbol parece estar muerto, y sólo vemos un tronco y ramas secos. Sin embargo, en su interior ocurren procesos invisibles que le permitirán volver a florecer en la primavera.
Toda persona creativa sabe que antes de que emerja lo nuevo, existe un momento durante el cual no parece ocurrir nada, un período de quietud y vacío imprescindible para que la energía vuelva a acumularse en el inconsciente – este es el significado de la expresión “vacío fértil”.
Nuestro nivel de conciencia determina cómo vivenciamos cada situación. No podemos ejercer el control sobre las experiencias que nos ocurren, pero tenemos la posibilidad de elegir cómo responder a ellas.
Existen dos maneras de lidiar con los acontecimientos indeseados. La primera, la más habitual, es el intento de modificar la situación externa. La segunda opción es menos frecuente pero más enriquecedora, y consiste en modificar nuestras reacciones, lo cual requiere dedicación y práctica.
Cuando nos liberamos de la obstinación del ego por lograr lo que desea, podremos darnos cuenta de que nuestro ser interior sabe lo que realmente necesitamos, y se ocupa de generar las situaciones apropiadas para que logremos evolucionar.
El inconsciente registra patrones, y responde de igual manera frente a un acto simbólico y a un acto “real”. Hay actos simbólicos que podemos realizar para afirmar – hacer firme – la intención de modificar nuestra reactividad frente a los acontecimientos indeseados. Algunos de estos incluyen centrarnos, meditar, realizar actividad física para descargar el estrés, conectar con la naturaleza, llevar un diario personal en el que registremos nuestras reflexiones sobre los procesos que estamos transitando, tomar conciencia de todo lo que tenemos para agradecer y que generalmente damos por sentado, suponiendo que lo merecemos…
La crisis actual refleja la necesidad profunda que tiene la humanidad de realizar un cambio de valores. En lugar de caer en un estado de hipnosis colectiva plagado de creencias negativas, y en vez de suponer que estamos llegando al fin del mundo, precisamos darnos cuenta de que se trata del fin de una etapa, de un cambio de paradigma que nos permitirá desarrollar un nuevo nivel de conciencia.
Escribió Joseph Campbell en El Poder del Mito: “En el fondo del abismo surge la voz de la salvación. El momento de negrura es el momento en que está por surgir el verdadero mensaje de transformación. En el momento de mayor oscuridad, surge la luz”.
Esto me recuerda la frase de una gran amiga mía, que le fuera transmitida por su abuela: “Tal vez no puedas evitar que las aves del desaliento sobrevuelen tu cabeza, pero no permitas que aniden en ella”.
Si logramos tolerar la agonía que suele producir una crisis, en algún momento surge su resolución, las nubes negras se disipan y el sol vuelve a brillar.
En el ínterin, centrarnos exclusivamente en el momento presente, darle cabida plena a todo lo que sentimos, y saber que esto también pasará nos ayudará a atravesar la así llamada noche oscura del alma.
miércoles, 21 de enero de 2009
PRÓXIMOS TALLERES
La sombra del amor - Sevilla, 28 de febrero y Madrid, 7 y 8 de marzo.
La identidad femenina - Universidad de Sevilla, 4 de marzo.
La identidad femenina - Universidad de Sevilla, 4 de marzo.
domingo, 14 de diciembre de 2008
La Pareja Interior
La ilusión del amor romántico. Tenemos un “libreto”, o imagen ideal previa, sobre las relaciones de pareja: una mujer y un hombre se conocen y se gustan. El hombre invita a la mujer a salir. Salen varias veces, se enamoran, se casan, y son felices para siempre.
Cuando iniciamos un vínculo, intentamos que sea exactamente como queremos: que el otro esté presente cuando así lo deseamos, que no nos moleste cuando elegimos estar a solas, que siempre nos escuche, nos contenga, nos proteja y mime, que esté dispuesto a ayudarnos a resolver nuestros problemas sin traernos demasiados problemas suyos, o, en caso de tenerlos, que acepte nuestras sugerencias para solucionarlos y las ponga en práctica inmediatamente.
Por supuesto, esto no ocurre...
Así, luego de la magia inicial, lentamente vemos que las cosas no son como esperábamos, y que comienzan a aparecer nubes en el paraíso idílico en el que creímos haber ingresado.
Cuando nuestro compañero o compañera no nos proporciona la dicha anhelada, es común suponer que nos equivocamos, y que esa no era la persona adecuada. En tal caso, volveremos a buscar a alguien que nos permita acceder de manera permanente al estado de bienaventuranza deseado; ello nos lleva a repetir el mismo proceso, sólo que con distinta compañía.
En la actualidad, el enamoramiento se ha convertido en el terreno donde intentamos encontrar el sentido trascendente de la vida. Pese a que nos cueste reconocerlo, el enamoramiento es una de las proyecciones más intensas y poderosas. Según Arthur Clarke, autor de 2001: Odisea del Espacio, la persona de la que estamos enamorados no existe: es una pantalla sobre la que proyectamos nuestros deseos, esperanzas e ilusiones. Por supuesto, si le comentáramos esta frase a cualquier persona enamorada, la rechazaría de inmediato. Su amada o amado es realmente todo lo que él o ella creen, y si alguien afirma lo contrario, seguramente se debe a que nunca estuvo enamorado, o a la envidia.
La alta tasa de divorcios en algunas culturas occidentales muestra el resultado de considerar al enamoramiento como base para una relación duradera. Si bien puede dar paso al amor, éste es un cimiento demasiado endeble para un vínculo perdurable
Debido a la proyección, el ser amado se convierte en depositario de cualidades maravillosas y excelsas que, por lo general, no posee, y no es posible amar verdaderamente a una persona cuyas características reales apenas conocemos.
No obstante, el enamoramiento no es un problema, sino una etapa con facetas positivas. Nos revitaliza, nos conecta con el entusiasmo y la pasión. La fascinación ejercida por el objeto de nuestro amor indica que se han activado aspectos inconscientes que vemos reflejados en él o ella que necesitamos descubrir a nivel interno.
Uno de los propósitos de la pareja es la expansión de nuestro corazón y nuestra conciencia, y por esta causa, toda relación reactiva los temas que no hemos resuelto a fin de que logremos ser conscientes de ellos.
El reconocimiento de los aspectos inconscientes proyectados – nuestra sombra - es un ingrediente fundamental en toda relación de pareja, y es preciso discernir entre el ser amado real y las proyecciones arquetípicas. De acuerdo a un relato en El Simposio de Platón, Sócrates y algunos de sus compañeros se reunieron en un banquete, y cada uno de los participantes daría un discurso sobre la naturaleza de Eros. Cuando llegó su turno, Aristófanes planteó que el ser humano originario era redondo, y tenía dos caras, cuatro brazos y cuatro piernas. Poseía gran fuerza y vigor, y los dioses del Olimpo, celosos de su poder, decidieron dividirlo en dos partes, una femenina y otra masculina, que desde entonces han buscado reunirse con su “otra mitad” - este es el origen del mito de las almas gemelas.
Buscamos nuestro complemento a nivel externo, en la pareja; no obstante, esta historia alude a un proceso psíquico interno. La atracción por otra persona representa la atracción por un aspecto inconsciente propio, y muchas veces, el compañero externo es tomado como sustituto de una experiencia interior.
Si bien solemos definirnos en función de nuestro género sexual, nuestra realidad psíquica indica que somos andróginos, palabra proveniente del griego andros: hombre, y gynos: mujer. Todos poseemos una imagen femenina y masculina interna, a las que Jung llamó anima y animus. El anima es la imagen arquetípica de lo femenino que existe en todos los hombres y que éstos proyectan en las mujeres; el animus es la imagen arquetípica de lo masculino que está presente en las mujeres y que es proyectada en los hombres.
Estos arquetipos configuran la representación inconsciente que cada persona tiene del otro sexo, y por lo tanto, ejercen una influencia poderosa en nuestras relaciones interpersonales.
Durante la primera etapa de una relación, se proyecta al anima y animus positivos. Esta proyección es relativamente sencilla de sostener mientras existe un estado infantil de fusión, similar al que experimentamos en el útero materno, y cada uno de los integrantes se siente totalmente aceptado, amado y contenido por el otro.
Cuando un hombre proyecta el aspecto positivo de su anima en una mujer, ésta le resulta encantadora y fascinante; lo mismo ocurre con la mujer que tiene proyectado el animus positivo en un hombre.
Sin embargo, como todo arquetipo, el animus y el anima tienen una cara luminosa y otra oscura. Cuando hace su aparición en escena el lado negativo del arquetipo, la mujer ideal se transforma en una bruja insoportable, y el príncipe azul se convierte en un sapo repulsivo. Se produce una crisis en el vínculo, que en ocasiones se intenta “resolver” mediante la infidelidad; en otras, conduce a la ruptura.
Las expectativas frustradas indican la necesidad de retirar nuestras proyecciones para relacionarnos con la realidad de los demás. Los conflictos que se manifiestan en la pareja son un espejo de nuestro mundo interno, y si logramos permanecer en la relación cuando la ilusión comienza a disolverse, surge la posibilidad de ingresar en una fase nueva, más profunda y enriquecedora. Así, el resquebrajamiento de la proyección nos obliga a bucear en nosotros mismos para descubrir allí lo que buscábamos obtener de la otra persona: protección, incrementar la autoestima, llenar el vacío interno...
Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)
El amor no existe afuera de nosotros: debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.
¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce mi pasado, no para lamentarme, sino para sanar mis heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?
Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección: yo soy responsable de transformarme y de darme aquello que espero del afuera.
Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor, y este amor hacia uno mismo se traduce luego en una mayor capacidad de amar verdaderamente a los demás.
Como afirmó Virginia Satir, para que dos personas estén en contacto se requieren tres partes: cada uno en contacto consigo mismo, y cada uno en contacto con el otro.
Por otra parte, para que un vínculo sea enriquecedor, es preciso que los dos integrantes de la pareja estén dispuestos a la auto-indagación necesaria para reconocer su sombra y sus propios aspectos femeninos y masculinos.
La integración de lo femenino y lo masculino no puede ocurrir mientras nos identifiquemos con una parte y sigamos proyectando la otra – no sucede entre un hombre que actúa su aspecto masculino y una mujer que actúa su aspecto femenino, sino en el interior de cada hombre y cada mujer que hayan logrado ser conscientes de ambos.
Quizás seamos capaces de lograr así lo que tan sabiamente expresó Rilke: “Tal vez haya entre los sexos mayor grado de parentesco o afinidad que el que comúnmente se supone, y la gran renovación del mundo podrá consistir en que el hombre y la mujer, una vez libres de todo falso sentir y de todo hastío, ya no se buscarán mutuamente como seres opuestos y contrarios, sino como hermanos y allegados”.
Cuando iniciamos un vínculo, intentamos que sea exactamente como queremos: que el otro esté presente cuando así lo deseamos, que no nos moleste cuando elegimos estar a solas, que siempre nos escuche, nos contenga, nos proteja y mime, que esté dispuesto a ayudarnos a resolver nuestros problemas sin traernos demasiados problemas suyos, o, en caso de tenerlos, que acepte nuestras sugerencias para solucionarlos y las ponga en práctica inmediatamente.
Por supuesto, esto no ocurre...
Así, luego de la magia inicial, lentamente vemos que las cosas no son como esperábamos, y que comienzan a aparecer nubes en el paraíso idílico en el que creímos haber ingresado.
Cuando nuestro compañero o compañera no nos proporciona la dicha anhelada, es común suponer que nos equivocamos, y que esa no era la persona adecuada. En tal caso, volveremos a buscar a alguien que nos permita acceder de manera permanente al estado de bienaventuranza deseado; ello nos lleva a repetir el mismo proceso, sólo que con distinta compañía.
En la actualidad, el enamoramiento se ha convertido en el terreno donde intentamos encontrar el sentido trascendente de la vida. Pese a que nos cueste reconocerlo, el enamoramiento es una de las proyecciones más intensas y poderosas. Según Arthur Clarke, autor de 2001: Odisea del Espacio, la persona de la que estamos enamorados no existe: es una pantalla sobre la que proyectamos nuestros deseos, esperanzas e ilusiones. Por supuesto, si le comentáramos esta frase a cualquier persona enamorada, la rechazaría de inmediato. Su amada o amado es realmente todo lo que él o ella creen, y si alguien afirma lo contrario, seguramente se debe a que nunca estuvo enamorado, o a la envidia.
La alta tasa de divorcios en algunas culturas occidentales muestra el resultado de considerar al enamoramiento como base para una relación duradera. Si bien puede dar paso al amor, éste es un cimiento demasiado endeble para un vínculo perdurable
Debido a la proyección, el ser amado se convierte en depositario de cualidades maravillosas y excelsas que, por lo general, no posee, y no es posible amar verdaderamente a una persona cuyas características reales apenas conocemos.
No obstante, el enamoramiento no es un problema, sino una etapa con facetas positivas. Nos revitaliza, nos conecta con el entusiasmo y la pasión. La fascinación ejercida por el objeto de nuestro amor indica que se han activado aspectos inconscientes que vemos reflejados en él o ella que necesitamos descubrir a nivel interno.
Uno de los propósitos de la pareja es la expansión de nuestro corazón y nuestra conciencia, y por esta causa, toda relación reactiva los temas que no hemos resuelto a fin de que logremos ser conscientes de ellos.
El reconocimiento de los aspectos inconscientes proyectados – nuestra sombra - es un ingrediente fundamental en toda relación de pareja, y es preciso discernir entre el ser amado real y las proyecciones arquetípicas. De acuerdo a un relato en El Simposio de Platón, Sócrates y algunos de sus compañeros se reunieron en un banquete, y cada uno de los participantes daría un discurso sobre la naturaleza de Eros. Cuando llegó su turno, Aristófanes planteó que el ser humano originario era redondo, y tenía dos caras, cuatro brazos y cuatro piernas. Poseía gran fuerza y vigor, y los dioses del Olimpo, celosos de su poder, decidieron dividirlo en dos partes, una femenina y otra masculina, que desde entonces han buscado reunirse con su “otra mitad” - este es el origen del mito de las almas gemelas.
Buscamos nuestro complemento a nivel externo, en la pareja; no obstante, esta historia alude a un proceso psíquico interno. La atracción por otra persona representa la atracción por un aspecto inconsciente propio, y muchas veces, el compañero externo es tomado como sustituto de una experiencia interior.
Si bien solemos definirnos en función de nuestro género sexual, nuestra realidad psíquica indica que somos andróginos, palabra proveniente del griego andros: hombre, y gynos: mujer. Todos poseemos una imagen femenina y masculina interna, a las que Jung llamó anima y animus. El anima es la imagen arquetípica de lo femenino que existe en todos los hombres y que éstos proyectan en las mujeres; el animus es la imagen arquetípica de lo masculino que está presente en las mujeres y que es proyectada en los hombres.
Estos arquetipos configuran la representación inconsciente que cada persona tiene del otro sexo, y por lo tanto, ejercen una influencia poderosa en nuestras relaciones interpersonales.
Durante la primera etapa de una relación, se proyecta al anima y animus positivos. Esta proyección es relativamente sencilla de sostener mientras existe un estado infantil de fusión, similar al que experimentamos en el útero materno, y cada uno de los integrantes se siente totalmente aceptado, amado y contenido por el otro.
Cuando un hombre proyecta el aspecto positivo de su anima en una mujer, ésta le resulta encantadora y fascinante; lo mismo ocurre con la mujer que tiene proyectado el animus positivo en un hombre.
Sin embargo, como todo arquetipo, el animus y el anima tienen una cara luminosa y otra oscura. Cuando hace su aparición en escena el lado negativo del arquetipo, la mujer ideal se transforma en una bruja insoportable, y el príncipe azul se convierte en un sapo repulsivo. Se produce una crisis en el vínculo, que en ocasiones se intenta “resolver” mediante la infidelidad; en otras, conduce a la ruptura.
Las expectativas frustradas indican la necesidad de retirar nuestras proyecciones para relacionarnos con la realidad de los demás. Los conflictos que se manifiestan en la pareja son un espejo de nuestro mundo interno, y si logramos permanecer en la relación cuando la ilusión comienza a disolverse, surge la posibilidad de ingresar en una fase nueva, más profunda y enriquecedora. Así, el resquebrajamiento de la proyección nos obliga a bucear en nosotros mismos para descubrir allí lo que buscábamos obtener de la otra persona: protección, incrementar la autoestima, llenar el vacío interno...
Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)
El amor no existe afuera de nosotros: debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.
¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce mi pasado, no para lamentarme, sino para sanar mis heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?
Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección: yo soy responsable de transformarme y de darme aquello que espero del afuera.
Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor, y este amor hacia uno mismo se traduce luego en una mayor capacidad de amar verdaderamente a los demás.
Como afirmó Virginia Satir, para que dos personas estén en contacto se requieren tres partes: cada uno en contacto consigo mismo, y cada uno en contacto con el otro.
Por otra parte, para que un vínculo sea enriquecedor, es preciso que los dos integrantes de la pareja estén dispuestos a la auto-indagación necesaria para reconocer su sombra y sus propios aspectos femeninos y masculinos.
La integración de lo femenino y lo masculino no puede ocurrir mientras nos identifiquemos con una parte y sigamos proyectando la otra – no sucede entre un hombre que actúa su aspecto masculino y una mujer que actúa su aspecto femenino, sino en el interior de cada hombre y cada mujer que hayan logrado ser conscientes de ambos.
Quizás seamos capaces de lograr así lo que tan sabiamente expresó Rilke: “Tal vez haya entre los sexos mayor grado de parentesco o afinidad que el que comúnmente se supone, y la gran renovación del mundo podrá consistir en que el hombre y la mujer, una vez libres de todo falso sentir y de todo hastío, ya no se buscarán mutuamente como seres opuestos y contrarios, sino como hermanos y allegados”.
domingo, 7 de diciembre de 2008
La máscara y la sombra - publicado en la revista Conciencia sin Fronteras, de Barcelona.
La palabra arquetipo proviene del griego arché, que significa primero, y typos: patrón o molde. El concepto de los arquetipos es antiguo y se relaciona con lo que Platón llamó formas ideales: los patrones que existen en la mente divina y que definen la forma que adquiere el mundo material. Para Jung, los arquetipos representan todo el potencial existente en la psique humana, una fuente de conocimiento inagotable sobre temas como la relación entre el hombre, el cosmos y Dios.
Los arquetipos o imágenes primordiales son la base originaria de todas nuestras experiencias y, al igual que los instintos, son una parte esencial que requiere ser expresada.
La sombra, nuestro lado oscuro, es uno de los arquetipos básicos con el que precisamos entablar un vínculo en el camino del auto-conocimiento.
Todos los seres humanos nacemos con la tendencia innata –o arquetípica- a desarrollar una sombra, compuesta por características personales que han sido rechazadas y reprimidas y que no registramos como propias, pese a percibirlas con gran claridad en el mundo externo.
Mencionar a la sombra suele generar rechazo y temor, ya que creemos que está poblada únicamente por aspectos negativos, que nos hacen sentir malos y culpables. Sin embargo, además de contener lo que hemos rechazado, reprimido o proyectado, incluye talentos y dones de diversa índole que aún no hemos desarrollado a nivel consciente.
La sombra no es algo patológico, ni algo que deba ser remediado: es una parte integral de la naturaleza humana. Referirnos a la sombra como nuestro lado oscuro no es un término peyorativo, sino que alude a que no está iluminada por la luz de la conciencia.
LA MÁSCARA
En el teatro griego los actores utilizaban una máscara – llamada persona - para ocultar sus verdaderas facciones y encarnar al personaje a representar.
La máscara personal comienza a desarrollarse en la infancia, en el seno de la familia. Nuestros padres nos indicaban que no fuéramos celosos, o egoístas, exigían que fuéramos siempre buenos y obedientes y, a fin de complacerlos y para obtener su amor, ocultamos todo lo que les desagradaba.
Este proceso continúa luego con otras figuras significativas - familiares, maestros, amigos… A medida que nos vinculamos con sectores cada vez más amplios de la sociedad en que vivimos, se produce una acomodación desde nuestra forma natural de ser hacia el cumplimiento con las reglas y demandas del mundo externo. Adoptamos ciertas cualidades, actitudes y conductas que conforman nuestra persona: máscaras que representan diversos roles y que excluyen otros aspectos que se convierten en parte de la sombra.
La máscara tiene su origen en las expectativas de la sociedad y/o la percepción que tenemos de éstas: es la forma en que nos mostramos frente a los demás, resaltando o destacando los rasgos propios que aceptamos y que, a nuestro parecer, nos proporcionarán el mayor grado de aprobación externa.
Esta “cara” que utilizamos para enfrentar al mundo es útil y necesaria. Nos permite ser identificados en base a características tales como nuestro estado civil, la actividad laboral y el estatus socio-cultural, y nos ayuda a funcionar de manera apropiada en distintas situaciones. Si debo acudir a una entrevista de trabajo, por más que me sienta triste, cansada o de mal humor, deberé ocultar mi estado de ánimo para mostrar una imagen que me permita desempeñarme exitosamente.
Es preciso tener en cuenta que el esfuerzo por proyectar la imagen deseada no es inocuo. Cuando no se posee una identidad sólida, existe el riesgo de quedar atrapados por la máscara y de definirnos básicamente en función de aspectos externos; frecuentemente, ello conduce a una dependencia excesiva de diferentes símbolos de prestigio y de poder.
Por otra parte, la máscara nunca refleja adecuadamente nuestra totalidad, y en consecuencia, no debería convertirse en una estructura rígida. La identificación exclusiva con algún aspecto –por ejemplo, el rol laboral o profesional- indica que sólo hemos desarrollado esa faceta, generalmente a expensas de otras.
Concentrarnos en parecer triunfadores frente al mundo externo puede encubrir el fracaso en otras áreas que descuidamos e ignoramos, hasta que se hacen presentes en forma de síntomas físicos, emocionales, mentales y/o espirituales.
Si no expresamos lo que subyace a nuestras máscaras, nos quedamos solos y aislados, con una profunda sensación de alienación. Adoptar únicamente características y valores que son aceptados socialmente lleva a la pérdida del alma, y es extremadamente nocivo para la realización personal: nunca lograremos acceder a nuestro ser esencial si quedamos adheridos a nuestro ser inauténtico.
LA SOMBRA
Nos encontramos con la sombra todos los días: cuando nos enfurecemos porque alguien nos decepciona, cuando rechazamos a una persona que ni siquiera conocemos, o idealizamos a otra.
Nuestras reacciones emocionales y los juicios que formulamos de manera automática e inmediata reflejan aspectos inconscientes propios, y si logramos reconocerlos, tenemos la oportunidad de conocernos más plenamente.
Para conocernos, o más bien, re-conocernos, necesitamos tomar conciencia de que todo lo que admiramos o rechazamos en los demás existe en nuestro interior.
Ello se debe a la proyección: el mecanismo de defensa inconsciente mediante el cual les atribuimos características propias a otros. Al proyectar, depositamos un aspecto interno en alguna persona o situación externa, y luego reaccionamos frente a ésta de manera positiva o negativa, con atracción o con rechazo.
La proyección puede ser empleada de dos formas diferentes. La primera consiste en culpar a otra persona por nuestras faltas –un jugador de fútbol aduce que no pudo marcar un gol durante un partido por culpa de sus compañeros, un estudiante suspende un examen y afirma que le “pusieron” una mala nota porque el profesor estaba de mal humor. En estas situaciones, se adopta una actitud infantil e inmadura para evitar hacerse cargo de la propia responsabilidad.
El otro tipo de proyección ocurre cuando les adjudicamos a otros seres nuestras actitudes y tendencias inconscientes. Esto ocurre en todo vínculo, pero podemos verlo con mayor claridad en la relación de pareja. Un hombre puede proyectar en su mujer su propia vulnerabilidad o su dependencia; una mujer puede proyectar en el hombre su inteligencia, su poder y su capacidad para tener éxito.
La técnica más útil y reveladora para descubrir a la sombra es observar nuestras reacciones hacia las personas, objetos y acontecimientos del mundo exterior.
La reactividad indica que nos hemos divorciado de una característica propia que deberíamos reincorporar; en cada caso, la intensidad de la reacción refleja el grado en que ese material “externo” existe a nivel interno.
Toda vez que sentimos una emoción intensa, es necesario identificar el aspecto personal que se ha activado; ésta no es una tarea fácil, ya que las emociones intensas no se caracterizan precisamente por inducirnos a la reflexión y la auto-indagación.
No obstante, ver qué o a quiénes despreciamos o idealizamos permite descubrir facetas personales que de otra forma no registraríamos. Si critico a alguna mujer por ser demasiado libre o demasiado reprimida a nivel sexual, convendrá explorar qué ocurre con mi propia sexualidad; si detesto a algún político por considerarlo mentiroso o corrupto, seguramente encontraré equivalentes internos para estas características.
Si hacemos una lista detallada de todas las cualidades que detestamos y que admiramos, obtendremos una descripción muy acertada de nuestra sombra.
Los aspectos que consideramos “negativos” cumplen una función dentro de nuestra estructura psíquica.
Tendemos a entablar una batalla con nuestras cualidades proyectadas cada vez que las encontramos, o creemos haberlo hecho, en alguna persona. Sin embargo, gran parte de lo que nos parece negativo es algo que en su momento sirvió para protegernos.
Una alternativa más sabia consistiría en intentar amigarnos con las características que rechazamos y comprender su sentido profundo. Habitualmente, la rigidez encubre un exceso de vulnerabilidad, la soberbia se asienta sobre una base de timidez y la avidez tiene sus raíces en el temor a la escasez. Las críticas, que a veces se deben a la envidia, sirven para compensar sentimientos de inferioridad inconscientes, intentando generarlos en otro/s.
Las cualidades repudiadas se transforman por medio de su inclusión y aceptación.
En lugar de rechazar lo que consideramos negativo, precisamos explorar su significado y su potencial. Si dejamos de reprimir nuestra ira, podremos conectarnos con el enojo saludable, que nos ayuda a expresar lo que sentimos, poner límites y lograr acuerdos.
El perfeccionismo contiene la capacidad para desplegar excelencia en lo que hacemos; el egoísmo puede enseñarnos a satisfacer nuestros deseos y necesidades, y el anhelo por el poder puede convertirse en liderazgo y servicio.
Los aspectos positivos de la sombra son virtudes y talentos que forman parte de nuestro potencial.
Una persona temerosa puede demostrar un grado de valentía sorprendente durante una emergencia, y una persona egoísta puede exhibir repentinamente rasgos de gran generosidad; en estos casos, la valentía y la generosidad son aspectos de la sombra positiva.
Admirar o envidiar a otros por sus aptitudes y talentos es una señal de que están espejando cualidades propias inexploradas. Muchas veces no se trata de lo que alguien hace, sino la forma en que lo hace, como atreverse a expresar sus ideas con firmeza y valentía. La actividad concreta no es importante, ya que puedo apreciar a un gran ajedrecista por su disciplina y dedicación y desarrollar esas características sin que ello implique dedicarme a jugar al ajedrez.
Curiosamente, a veces resulta más difícil aceptar la sombra positiva que la negativa; nos cuesta más percibir nuestra nobleza y ternura que nuestra indiferencia o crueldad debido a que nos hacen sentir expuestos y vulnerables.
La integración de la sombra es un requisito indispensable para la transformación personal. Descubrir a nivel interno las características que nos hacen reaccionar a nivel externo modifica nuestra actitud. Con frecuencia, y como “por arte de magia”, también suele producirse una modificación en la otra persona, y de pronto, nos damos cuenta de que no era tan irritante, desagradable o maravillosa como suponíamos. Aun cuando esto no ocurra, habremos eliminado o, al menos, disminuido nuestra reactividad.
La sombra nos muestra una perspectiva diferente a la del ego. Negarnos a aceptarla nos mantiene empequeñecidos y empobrecidos, conectados únicamente con un fragmento de nuestra totalidad. Por otra parte, cuando continuamos proyectándola, obligamos a otros a hacerse cargo de la oscuridad o de la luz que en realidad nos pertenecen. Una persona integrada es capaz de acarrear su propia mochila de cualidades positivas y negativas, liberando así a los demás de la carga de sus proyecciones.
Cuando reconocemos a la sombra, surge la posibilidad de desarrollar la auto-aceptación, la compasión y el amor incondicional para con nosotros mismos, elementos indispensables para la evolución personal y, eventualmente, para la transformación colectiva.
Es tarea de cada uno descubrir la propia sombra e iluminarla con la luz de la conciencia, y éste es un proceso que dura toda la vida. Independientemente de las distancias recorridas, en el camino espiritual nos encontramos siempre al comienzo...
La palabra arquetipo proviene del griego arché, que significa primero, y typos: patrón o molde. El concepto de los arquetipos es antiguo y se relaciona con lo que Platón llamó formas ideales: los patrones que existen en la mente divina y que definen la forma que adquiere el mundo material. Para Jung, los arquetipos representan todo el potencial existente en la psique humana, una fuente de conocimiento inagotable sobre temas como la relación entre el hombre, el cosmos y Dios.
Los arquetipos o imágenes primordiales son la base originaria de todas nuestras experiencias y, al igual que los instintos, son una parte esencial que requiere ser expresada.
La sombra, nuestro lado oscuro, es uno de los arquetipos básicos con el que precisamos entablar un vínculo en el camino del auto-conocimiento.
Todos los seres humanos nacemos con la tendencia innata –o arquetípica- a desarrollar una sombra, compuesta por características personales que han sido rechazadas y reprimidas y que no registramos como propias, pese a percibirlas con gran claridad en el mundo externo.
Mencionar a la sombra suele generar rechazo y temor, ya que creemos que está poblada únicamente por aspectos negativos, que nos hacen sentir malos y culpables. Sin embargo, además de contener lo que hemos rechazado, reprimido o proyectado, incluye talentos y dones de diversa índole que aún no hemos desarrollado a nivel consciente.
La sombra no es algo patológico, ni algo que deba ser remediado: es una parte integral de la naturaleza humana. Referirnos a la sombra como nuestro lado oscuro no es un término peyorativo, sino que alude a que no está iluminada por la luz de la conciencia.
LA MÁSCARA
En el teatro griego los actores utilizaban una máscara – llamada persona - para ocultar sus verdaderas facciones y encarnar al personaje a representar.
La máscara personal comienza a desarrollarse en la infancia, en el seno de la familia. Nuestros padres nos indicaban que no fuéramos celosos, o egoístas, exigían que fuéramos siempre buenos y obedientes y, a fin de complacerlos y para obtener su amor, ocultamos todo lo que les desagradaba.
Este proceso continúa luego con otras figuras significativas - familiares, maestros, amigos… A medida que nos vinculamos con sectores cada vez más amplios de la sociedad en que vivimos, se produce una acomodación desde nuestra forma natural de ser hacia el cumplimiento con las reglas y demandas del mundo externo. Adoptamos ciertas cualidades, actitudes y conductas que conforman nuestra persona: máscaras que representan diversos roles y que excluyen otros aspectos que se convierten en parte de la sombra.
La máscara tiene su origen en las expectativas de la sociedad y/o la percepción que tenemos de éstas: es la forma en que nos mostramos frente a los demás, resaltando o destacando los rasgos propios que aceptamos y que, a nuestro parecer, nos proporcionarán el mayor grado de aprobación externa.
Esta “cara” que utilizamos para enfrentar al mundo es útil y necesaria. Nos permite ser identificados en base a características tales como nuestro estado civil, la actividad laboral y el estatus socio-cultural, y nos ayuda a funcionar de manera apropiada en distintas situaciones. Si debo acudir a una entrevista de trabajo, por más que me sienta triste, cansada o de mal humor, deberé ocultar mi estado de ánimo para mostrar una imagen que me permita desempeñarme exitosamente.
Es preciso tener en cuenta que el esfuerzo por proyectar la imagen deseada no es inocuo. Cuando no se posee una identidad sólida, existe el riesgo de quedar atrapados por la máscara y de definirnos básicamente en función de aspectos externos; frecuentemente, ello conduce a una dependencia excesiva de diferentes símbolos de prestigio y de poder.
Por otra parte, la máscara nunca refleja adecuadamente nuestra totalidad, y en consecuencia, no debería convertirse en una estructura rígida. La identificación exclusiva con algún aspecto –por ejemplo, el rol laboral o profesional- indica que sólo hemos desarrollado esa faceta, generalmente a expensas de otras.
Concentrarnos en parecer triunfadores frente al mundo externo puede encubrir el fracaso en otras áreas que descuidamos e ignoramos, hasta que se hacen presentes en forma de síntomas físicos, emocionales, mentales y/o espirituales.
Si no expresamos lo que subyace a nuestras máscaras, nos quedamos solos y aislados, con una profunda sensación de alienación. Adoptar únicamente características y valores que son aceptados socialmente lleva a la pérdida del alma, y es extremadamente nocivo para la realización personal: nunca lograremos acceder a nuestro ser esencial si quedamos adheridos a nuestro ser inauténtico.
LA SOMBRA
Nos encontramos con la sombra todos los días: cuando nos enfurecemos porque alguien nos decepciona, cuando rechazamos a una persona que ni siquiera conocemos, o idealizamos a otra.
Nuestras reacciones emocionales y los juicios que formulamos de manera automática e inmediata reflejan aspectos inconscientes propios, y si logramos reconocerlos, tenemos la oportunidad de conocernos más plenamente.
Para conocernos, o más bien, re-conocernos, necesitamos tomar conciencia de que todo lo que admiramos o rechazamos en los demás existe en nuestro interior.
Ello se debe a la proyección: el mecanismo de defensa inconsciente mediante el cual les atribuimos características propias a otros. Al proyectar, depositamos un aspecto interno en alguna persona o situación externa, y luego reaccionamos frente a ésta de manera positiva o negativa, con atracción o con rechazo.
La proyección puede ser empleada de dos formas diferentes. La primera consiste en culpar a otra persona por nuestras faltas –un jugador de fútbol aduce que no pudo marcar un gol durante un partido por culpa de sus compañeros, un estudiante suspende un examen y afirma que le “pusieron” una mala nota porque el profesor estaba de mal humor. En estas situaciones, se adopta una actitud infantil e inmadura para evitar hacerse cargo de la propia responsabilidad.
El otro tipo de proyección ocurre cuando les adjudicamos a otros seres nuestras actitudes y tendencias inconscientes. Esto ocurre en todo vínculo, pero podemos verlo con mayor claridad en la relación de pareja. Un hombre puede proyectar en su mujer su propia vulnerabilidad o su dependencia; una mujer puede proyectar en el hombre su inteligencia, su poder y su capacidad para tener éxito.
La técnica más útil y reveladora para descubrir a la sombra es observar nuestras reacciones hacia las personas, objetos y acontecimientos del mundo exterior.
La reactividad indica que nos hemos divorciado de una característica propia que deberíamos reincorporar; en cada caso, la intensidad de la reacción refleja el grado en que ese material “externo” existe a nivel interno.
Toda vez que sentimos una emoción intensa, es necesario identificar el aspecto personal que se ha activado; ésta no es una tarea fácil, ya que las emociones intensas no se caracterizan precisamente por inducirnos a la reflexión y la auto-indagación.
No obstante, ver qué o a quiénes despreciamos o idealizamos permite descubrir facetas personales que de otra forma no registraríamos. Si critico a alguna mujer por ser demasiado libre o demasiado reprimida a nivel sexual, convendrá explorar qué ocurre con mi propia sexualidad; si detesto a algún político por considerarlo mentiroso o corrupto, seguramente encontraré equivalentes internos para estas características.
Si hacemos una lista detallada de todas las cualidades que detestamos y que admiramos, obtendremos una descripción muy acertada de nuestra sombra.
Los aspectos que consideramos “negativos” cumplen una función dentro de nuestra estructura psíquica.
Tendemos a entablar una batalla con nuestras cualidades proyectadas cada vez que las encontramos, o creemos haberlo hecho, en alguna persona. Sin embargo, gran parte de lo que nos parece negativo es algo que en su momento sirvió para protegernos.
Una alternativa más sabia consistiría en intentar amigarnos con las características que rechazamos y comprender su sentido profundo. Habitualmente, la rigidez encubre un exceso de vulnerabilidad, la soberbia se asienta sobre una base de timidez y la avidez tiene sus raíces en el temor a la escasez. Las críticas, que a veces se deben a la envidia, sirven para compensar sentimientos de inferioridad inconscientes, intentando generarlos en otro/s.
Las cualidades repudiadas se transforman por medio de su inclusión y aceptación.
En lugar de rechazar lo que consideramos negativo, precisamos explorar su significado y su potencial. Si dejamos de reprimir nuestra ira, podremos conectarnos con el enojo saludable, que nos ayuda a expresar lo que sentimos, poner límites y lograr acuerdos.
El perfeccionismo contiene la capacidad para desplegar excelencia en lo que hacemos; el egoísmo puede enseñarnos a satisfacer nuestros deseos y necesidades, y el anhelo por el poder puede convertirse en liderazgo y servicio.
Los aspectos positivos de la sombra son virtudes y talentos que forman parte de nuestro potencial.
Una persona temerosa puede demostrar un grado de valentía sorprendente durante una emergencia, y una persona egoísta puede exhibir repentinamente rasgos de gran generosidad; en estos casos, la valentía y la generosidad son aspectos de la sombra positiva.
Admirar o envidiar a otros por sus aptitudes y talentos es una señal de que están espejando cualidades propias inexploradas. Muchas veces no se trata de lo que alguien hace, sino la forma en que lo hace, como atreverse a expresar sus ideas con firmeza y valentía. La actividad concreta no es importante, ya que puedo apreciar a un gran ajedrecista por su disciplina y dedicación y desarrollar esas características sin que ello implique dedicarme a jugar al ajedrez.
Curiosamente, a veces resulta más difícil aceptar la sombra positiva que la negativa; nos cuesta más percibir nuestra nobleza y ternura que nuestra indiferencia o crueldad debido a que nos hacen sentir expuestos y vulnerables.
La integración de la sombra es un requisito indispensable para la transformación personal. Descubrir a nivel interno las características que nos hacen reaccionar a nivel externo modifica nuestra actitud. Con frecuencia, y como “por arte de magia”, también suele producirse una modificación en la otra persona, y de pronto, nos damos cuenta de que no era tan irritante, desagradable o maravillosa como suponíamos. Aun cuando esto no ocurra, habremos eliminado o, al menos, disminuido nuestra reactividad.
La sombra nos muestra una perspectiva diferente a la del ego. Negarnos a aceptarla nos mantiene empequeñecidos y empobrecidos, conectados únicamente con un fragmento de nuestra totalidad. Por otra parte, cuando continuamos proyectándola, obligamos a otros a hacerse cargo de la oscuridad o de la luz que en realidad nos pertenecen. Una persona integrada es capaz de acarrear su propia mochila de cualidades positivas y negativas, liberando así a los demás de la carga de sus proyecciones.
Cuando reconocemos a la sombra, surge la posibilidad de desarrollar la auto-aceptación, la compasión y el amor incondicional para con nosotros mismos, elementos indispensables para la evolución personal y, eventualmente, para la transformación colectiva.
Es tarea de cada uno descubrir la propia sombra e iluminarla con la luz de la conciencia, y éste es un proceso que dura toda la vida. Independientemente de las distancias recorridas, en el camino espiritual nos encontramos siempre al comienzo...
miércoles, 29 de octubre de 2008
Artículo Diario La Nación, septiembre 2008
Palabras
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1053479 enviá tu comentario
Confundimos las limitaciones personales con los límites del universo y creemos que los límites de nuestra propia visión son una realidad objetiva, fija e inmodificable. En febrero de 1984 fui invitada a participar de una caminata sobre fuego. No sentía deseos de ir, pero ante la insistencia de una de las organizadoras, que vivía en otra ciudad y se estaba alojando en mi departamento en Nueva York, acepté ir como observadora.
Los coordinadores, los maestros espirituales Larry Short y Mantak Chia, iniciaron la actividad con una charla sobre el poder de la conciencia para generar cambios en el cuerpo. Luego nos enseñaron determinados ejercicios de respiración y de relajación, y al cabo de dos horas, nos condujeron al patio, donde había un rectángulo de varios metros de largo que contenía brasas ardiendo. La preparación para la caminata era simple: respirar y relajarse; hacer circular la energía por todo el cuerpo concentrándola en los riñones, que, según la medicina china, son los órganos donde se almacena el miedo; visualizar que ya se estaba del otro lado, y caminar sobre las brasas.
Durante media hora observé a las personas que se atrevían a hacerlo. Fue suficiente. A punto de irme, oí una voz interior que me dijo: "No tengas temor, hazlo". Por alguna razón, decidí obedecer y, sin pensarlo más, me acerqué al rectángulo y lo crucé. No podía creer lo que había hecho, y, pese a estar segura de que mis pies se habían calcinado, no me importaba; sin embargo, cuando me animé a inspeccionarlos una hora más tarde, descubrí que se hallaban en perfectas condiciones.
La conciencia es capaz de logros inimaginables, y cuando ingresamos en lo desconocido con mente de principiantes, los resultados pueden ser asombrosos.
Alicia Schmoller nació en Buenos Aires, es psicóloga y autora del libro La sombra, cómo iluminar nuestros aspectos ocultos , del que publicamos un fragmento.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1053479 enviá tu comentario
Confundimos las limitaciones personales con los límites del universo y creemos que los límites de nuestra propia visión son una realidad objetiva, fija e inmodificable. En febrero de 1984 fui invitada a participar de una caminata sobre fuego. No sentía deseos de ir, pero ante la insistencia de una de las organizadoras, que vivía en otra ciudad y se estaba alojando en mi departamento en Nueva York, acepté ir como observadora.
Los coordinadores, los maestros espirituales Larry Short y Mantak Chia, iniciaron la actividad con una charla sobre el poder de la conciencia para generar cambios en el cuerpo. Luego nos enseñaron determinados ejercicios de respiración y de relajación, y al cabo de dos horas, nos condujeron al patio, donde había un rectángulo de varios metros de largo que contenía brasas ardiendo. La preparación para la caminata era simple: respirar y relajarse; hacer circular la energía por todo el cuerpo concentrándola en los riñones, que, según la medicina china, son los órganos donde se almacena el miedo; visualizar que ya se estaba del otro lado, y caminar sobre las brasas.
Durante media hora observé a las personas que se atrevían a hacerlo. Fue suficiente. A punto de irme, oí una voz interior que me dijo: "No tengas temor, hazlo". Por alguna razón, decidí obedecer y, sin pensarlo más, me acerqué al rectángulo y lo crucé. No podía creer lo que había hecho, y, pese a estar segura de que mis pies se habían calcinado, no me importaba; sin embargo, cuando me animé a inspeccionarlos una hora más tarde, descubrí que se hallaban en perfectas condiciones.
La conciencia es capaz de logros inimaginables, y cuando ingresamos en lo desconocido con mente de principiantes, los resultados pueden ser asombrosos.
Alicia Schmoller nació en Buenos Aires, es psicóloga y autora del libro La sombra, cómo iluminar nuestros aspectos ocultos , del que publicamos un fragmento.
sábado, 16 de agosto de 2008
Próximo Taller: Sábado 15 de noviembre
TALLER: EXPLORANDO NUESTRA SOMBRA
“No nos convertimos en seres iluminados visualizando figuras de luz, sino volviéndonos conscientes de nuestra oscuridad”.
“No nos convertimos en seres iluminados visualizando figuras de luz, sino volviéndonos conscientes de nuestra oscuridad”.
Carl Gustav Jung.
La sombra comienza a formarse en la infancia con la represión de las cualidades criticadas y rechazadas por nuestros padres. Este proceso, que continúa luego con otras figuras significativas, contribuye al desarrollo de la máscara, compuesta por todos los rasgos que empleamos para obtener el amor y la aprobación de los demás. Si bien la máscara es necesaria y útil a fin de funcionar adecuadamente en una serie de situaciones, el esfuerzo por proyectar la imagen deseada no es inocuo: no podemos acceder a nuestro ser esencial si quedamos excesivamente apegados a nuestro ser inauténtico.
Mencionar a la sombra suele generar rechazo y temor, ya que creemos que está compuesta únicamente por aspectos negativos, que nos hacen sentir malos y culpables. Sin embargo, este lado oscuro incluye todo lo que es desconocido para la conciencia, que puede ser tanto de naturaleza negativa como positiva. La sombra es todo lo que no queremos ser, y todo lo que no sabemos que somos. Conocerla plenamente conduce a la auto-aceptación, y es un factor esencial para el desarrollo de nuestro potencial innato, con frecuencia adormecido.
La técnica más útil y reveladora para descubrir a la sombra es observar cómo reaccionamos frente a las personas, los objetos y los acontecimientos del mundo externo. Todo lo que admiramos y rechazamos existe a nivel interno, y cuando somos capaces tanto de reconocerlo como de comprender la función que nuestros aspectos en sombra cumplen dentro de nuestra estructura psíquica, se transforma la relación con nosotros mismos y con el entorno.
Mediante la exploración de experiencias de vida recurrentes (especialmente en nuestros vínculos más cercanos), la interpretación de sueños, la visualización e imaginación activa, y diferentes tipos de meditación, en este taller nos dedicaremos a develar e integrar estos aspectos de nuestra totalidad para avanzar en el camino del auto-conocimiento.
Fecha: Sábado 15 de noviembre, de 10:00 a 19:00 horas.
Informes e inscripción: Lic. Alicia Schmoller – 4784-8473.
La sombra comienza a formarse en la infancia con la represión de las cualidades criticadas y rechazadas por nuestros padres. Este proceso, que continúa luego con otras figuras significativas, contribuye al desarrollo de la máscara, compuesta por todos los rasgos que empleamos para obtener el amor y la aprobación de los demás. Si bien la máscara es necesaria y útil a fin de funcionar adecuadamente en una serie de situaciones, el esfuerzo por proyectar la imagen deseada no es inocuo: no podemos acceder a nuestro ser esencial si quedamos excesivamente apegados a nuestro ser inauténtico.
Mencionar a la sombra suele generar rechazo y temor, ya que creemos que está compuesta únicamente por aspectos negativos, que nos hacen sentir malos y culpables. Sin embargo, este lado oscuro incluye todo lo que es desconocido para la conciencia, que puede ser tanto de naturaleza negativa como positiva. La sombra es todo lo que no queremos ser, y todo lo que no sabemos que somos. Conocerla plenamente conduce a la auto-aceptación, y es un factor esencial para el desarrollo de nuestro potencial innato, con frecuencia adormecido.
La técnica más útil y reveladora para descubrir a la sombra es observar cómo reaccionamos frente a las personas, los objetos y los acontecimientos del mundo externo. Todo lo que admiramos y rechazamos existe a nivel interno, y cuando somos capaces tanto de reconocerlo como de comprender la función que nuestros aspectos en sombra cumplen dentro de nuestra estructura psíquica, se transforma la relación con nosotros mismos y con el entorno.
Mediante la exploración de experiencias de vida recurrentes (especialmente en nuestros vínculos más cercanos), la interpretación de sueños, la visualización e imaginación activa, y diferentes tipos de meditación, en este taller nos dedicaremos a develar e integrar estos aspectos de nuestra totalidad para avanzar en el camino del auto-conocimiento.
Fecha: Sábado 15 de noviembre, de 10:00 a 19:00 horas.
Informes e inscripción: Lic. Alicia Schmoller – 4784-8473.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)