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martes, 12 de octubre de 2010

Artículo de La Nación - 12/10/2010

Sobre la luz que pueden dar las sombras

Al que siente demasiada admiración por una vocación ajena, se disgusta intensamente con el egoísmo o la agresión de los demás..., algo le está pasando...

Martes 12 de octubre de 2010 | Publicado en edición impresa.

"La sombra es todo lo que no queremos ser y todo lo que no sabemos que somos", define la psicóloga. Foto Mauro Roll.
Por Luis Aubele


"No nos convertimos en seres iluminados visualizando figuras de luz, sino volviéndonos conscientes de nuestra oscuridad", advertía el maestro Carl Gustav Jung (1875-1961), autor de la teoría de la sombra. La parte de la personalidad que se oculta por entender que es incompatible con la máscara, la imagen que se quiere mostrar a los demás para ser aceptado, comienza a formarse en la infancia con mandatos paternos que advierten que no se debe mentir, ser egoísta o agresivo, sino bueno y obediente. Y en el deseo de ser aprobado se reprime todo lo se piensa que puede desagradarles. Esa es la sombra. "Pero mencionar a la sombra nos asusta porque creemos que está compuesta sólo por aspectos negativos. Pero también tiene un lado positivo: todo lo que es desconocido para nuestra conciencia, e incluye talentos y dones sin desarrollar. Nos cuesta admitir que somos una mezcla de cualidades positivas y negativas. Podemos decir que la sombra es todo lo que no queremos ser, y todo lo que no sabemos que somos", explica Alicia Schmoller, psicóloga especializada en el tema.

Riesgos del enmascarado. "La máscara es necesaria para funcionar correctamente en una serie de situaciones, pero no debe convertirse en una estructura rígida. La máscara nunca refleja nuestra totalidad como seres humanos, y esa identificación cuando es excesiva tiene un costo: nos impide ser auténticos y vincularnos verdaderamente con los demás", sigue Schmoller.

Pistas. "Para crecer es fundamental que dejemos de ocultar nuestra sombra, de temerle, de ignorarla. Debemos integrarla a nuestra vida, traerla a la luz. Y el primer paso para reconciliarnos con ella es reconocer su existencia. La sombra continuamente nos deja pistas sobre su manera de ser y una de las mejores formas de reconocerla es observar cómo reaccionamos. Toda emoción intensa es señal de que se activó nuestra sombra, porque todo lo que admiramos y rechazamos en otros existe en nuestro interior."

Cualidades latentes. "Si critico a una persona por ser demasiado libre, o demasiado reprimida sexualmente, deberé examinar qué pasa con mi propia sexualidad. Si admiro a alguien porque es valiente o generoso será preciso investigar cómo desarrollar esas cualidades que indudablemente están latentes en mí."

El humor de la sombra. "Un día llegó una paciente que estaba furiosa con el ex presidente Bush porque decía que a él no le interesaba la ecología y, sobre todo, la salud de la gente. Pero más allá de la actitud de Bush, como pudimos analizar, su furia describía una parte oscura de sí misma: su madre había muerto de un cáncer súbito y ella debía hacerse controles periódicos, pero no los hacía. Es decir, que ella descuidaba su salud. Además, la sombra se manifiesta en nuestros actos fallidos, en equivocaciones y en el sentido del humor. Podemos descubrir huellas de la sombra en nuestros juicios y prejuicios, pero también en nuestros sueños", agrega.

Dólares y pañales. "Un paciente, joven maduro, pero aún muy dependiente de sus padres, cuyo conflicto era, precisamente, dejar de ser el bebe de la familia, soñó que veía un pollito con pañales y con un alfiler de gancho donde había prendido un fajo de billetes de 100 dólares. Aceptar el significado del sueño le permitió abandonar poco a poco la dependencia familiar y asumir su responsabilidad."

Yo te desplumaré. Otras pistas que la terapeuta aconseja tener en cuenta son las canciones que, casi inconscientemente, uno entona mientras trabaja, camina, se baña. Una paciente que mantenía una relación de pareja conflictiva que no daba para más se descubrió tarareando La Marsellesa. Comprendió y terminó la relación. "Yo misma, una mañana, mientras me maquillaba, me descubrí cantando Alouette je te plumerai (Alondra yo te desplumaré), una antigua canción infantil francesa donde se despluma totalmente a una alondra y que había aprendido cuando estaba en 4° grado. De pronto comprendí que tenía mucho sentido porque el día anterior vi cómo las palomas destruían las plantas del balcón de mi consultorio. En realidad, lo que quería era castigar, desplumar a las palomas."

PACIENCIA, AMOR Y HUMOR "Aceptar nuestra sombra requiere de paciencia, perseverancia, amor y humor. Reconocerla nos vuelve más amorosos y compasivos con nosotros mismos y con los demás. Nos ayuda a dejar de ver afuera lo que en realidad vive adentro, y dejar de luchar con los defectos ajenos en vez de modificar los propios. Amigarnos con nuestra sombra es la única alternativa posible para vivir en paz con nosotros mismos, una paz que luego se irradia a nuestro entorno. Podemos seguir el proceso siguiente: en un primer paso tomamos conciencia de nuestra reacción ante algo. Luego, nos damos cuenta de que eso frente a lo que reaccionamos también está presente en nosotros. El tercer paso, esencial, es comprender su sentido. Si me enojo porque veo a alguien egoísta, ver mi propio egoísmo (cuándo soy así, por qué, para qué), comprender de dónde proviene y ponerme a trabajar para superarlo."

LA LIBERTAD DE LOS PÁJAROS Schmoller es psicóloga egresada en Buenos Aires en 1973. Entre 1977 y 1985 vivió en Nueva York, donde se especializó en psicología transpersonal. Es discípula del doctor W. Brugh Joy, conocido investigador estadounidense del tema de la sombra. Es autora de La sombra. Cómo iluminar nuestros aspectos ocultos. "Los animales que amamos y aquellos que nos desagradan también nos permiten descubrir aspectos de nuestra sombra. Si amo a los perros porque los considero cariñosos y fieles, si no soporto a los gatos porque son traicioneros, si envidio la libertad de los pájaros, si temo a las serpientes porque son venenosas o a las ratas porque son escurridizas?, todo esto me da información acerca de mis proyecciones."

jueves, 7 de octubre de 2010

La Proyección

LA PROYECCIÓN


Por medio del mecanismo inconsciente de la proyección, la psiquis profunda – el inconsciente - hace que ciertos aspectos de nuestro ser más vasto (los cuales, con frecuencia, son inaceptables para el ego) parezcan ser verdades objetivas, o bien, rasgos de lo que llamamos el mundo externo, el mundo “real”. No nos damos cuenta de que ha ocurrido una proyección de nuestro propio material interno. Pensamos que los acontecimientos y las personas son como los percibimos, y no nos damos cuenta de que hemos distorsionado la realidad externa por medio de energías inconscientes que influyen en nuestra percepción.

Cuando algo ha sido proyectado, lo percibimos como si realmente le perteneciera a otro/s. Tal como ocurre con el proyector de un cine, proyectamos sobre una pantalla externa una característica personal que luego parece existir afuera.

La visión es un fenómeno muy complejo que nos permite percibir internamente a los objetos y personas del mundo externo. El órgano que realiza este proceso es el cerebro, y la función del ojo es transformar las vibraciones electromagnéticas de la luz en impulsos nerviosos que se transmiten al cerebro. Dentro de nuestros ojos, el mundo está al revés: cuando una imagen atraviesa nuestras pupilas se invierte, y se desconoce el mecanismo que hace que la imagen vuelva a estar derecha. Además, en el punto de unión entre la retina y el nervio óptico existe un punto ciego, que carece de células fotosensibles; no obstante, a nivel visual no vivenciamos ese agujero.

Las imágenes que percibimos son modificadas y rellenadas por factores internos, y esto plantea un interrogante acerca de la naturaleza de la realidad que pareciera existir de manera objetiva, clara y obvia.

Cuando un patrón energético se encuentra activo en el inconsciente de una persona, y la realidad externa contiene un acontecimiento, persona o acción que se asemeja, aunque sea remotamente, a este patrón, el individuo proyectará el patrón inconsciente sobre la realidad externa. Obviamente, esto puede crear una distorsión en la percepción de la realidad externa, de la cual el individuo no es consciente. Esto nos permite comprender la causa por la cual las personas con frecuencia describen el mismo acontecimiento de maneras muy diferentes.

El dedo acusador es una técnica sumamente útil para recordarnos que ha ocurrido una proyección. Este es un concepto oriental sumamente antiguo. Cada vez que te des cuenta de que estás apuntando el dedo acusador contra algo o alguien —ya sea el gobierno de otro país, temas relacionados con las armas nucleares, la forma en la cual alguna persona se viste o se comporta, o como te sientes respecto de un adulto que abusa sexualmente de los niños—¡la mano que está apuntando tiene tan sólo un dedo apuntando hacia afuera, mientras que hay tres dedos que apuntan hacia ti! Este concepto es sumamente acertado, dado que la verdadera lucha con el material se encuentra fundamentalmente en los niveles inconscientes de tu propia naturaleza... y por lo tanto, mas allá de tu percepción consciente. La reacción es la consecuencia de tu propia defensa contra tu conocimiento inconsciente de que aquello que estás enjuiciando, aquello que crees que es tan terrible allí afuera, es de hecho una característica, impulso, o patrón dentro de ti, que seguramente se evidenciará periódicamente en tu propia vida. Y en la medida en que permanezcas inconsciente de lo que está ocurriendo, la energía psíquica que gastas a fin de defenderte y continuar proyectando deja de estar a tu disposición para ser utilizada para tu transformación psicológica y espiritual.

Cuando expandimos nuestra autorrealización al retirar el material que proyectamos sobre la pantalla de la vida, nos damos cuenta de la razón por la cual los sabios se refieren a la realidad externa como un espejo de lo interno. Todo lo que se vivencia “afuera” tiene equivalentes internos.

La mayoría de las personas que busca evoluionar mediante la toma de conciencia de sus sentimientos reactivos —las formas en que reaccionan debido a la proyección sobre el mundo externo de sus propios aspectos no resueltos y repudiados— se sienten conmocionadas al descubrir que la intensidad de sus proyecciones es mucho mayor de lo que inicialmente suponían.

La vida es siempre el espejo de nuestra realidad interior.

(adaptado del libro Avalanche, de W. Brugh Joy, y de mi libro La Sombra. Cómo iluminar nuestros aspectos ocultos)

martes, 3 de agosto de 2010

Nueva Fecha: Sábado 23 de octubre. La máscara y la sombra en nuestros vínculos

La sombra comienza a formarse en la infancia con la represión de las cualidades criticadas y rechazadas por nuestros padres. Este proceso, que continúa luego con otras figuras significativas, contribuye al desarrollo de la máscara, compuesta por todos los rasgos que empleamos para obtener el amor y la aprobación de los demás. Si bien la máscara es necesaria y útil a fin de funcionar adecuadamente en una serie de situaciones, el esfuerzo por proyectar la imagen deseada no es inocuo: no podemos acceder a nuestro ser esencial si quedamos excesivamente apegados a nuestro ser inauténtico.

La sombra se manifiesta especialmente en nuestros vínculos, que constituyen la base, los cimientos de nuestra vida. Sin embargo, pese a su importancia, las relaciones suelen ser un área conflictiva para muchas personas. A partir de nuestras experiencias infantiles, hemos desarrollado una variedad de estrategias para evitar el dolor. Si bien su función es protegernos, nuestros patrones defensivos recurrentes a menudo nos dejan solos y aislados.

Uno de los propósitos de las relaciones – en particular, la relación de pareja - es la expansión de nuestra conciencia y de nuestro corazón. Por esta causa, las relaciones tienden a reactivar los conflictos y las heridas irresueltas: para que logremos sanarlas y trascenderlas. De este modo, nos enfrentan con la necesidad y el desafío de realizar un trabajo de apertura y crecimiento personal.
Una buena relación no es un regalo, sino un logro.

En este taller se emplearán diferentes técnicas a fin de expandir nuestra capacidad para vincularnos: la exploración de patrones y experiencias vinculares recurrentes, la interpretación de sueños, la visualización e imaginación activa, y diferentes tipos de meditación.

Fecha: Sábado 23 de octubre, de 10:00 a 18:00 horas.

Inscripción hasta el 15 de octubre.

sábado, 31 de octubre de 2009

PRÓXIMO TALLER

LA MUJER ÍNTEGRA

Todos los seres humanos poseemos una imagen arquetípica femenina y masculina internas, a las que Jung llamó anima y animus. Si bien solemos definirnos en función de nuestro género sexual, nuestra realidad psíquica indica que somos andróginos, palabra que proviene del griego andros: hombre, y gynos: mujer. Estos arquetipos ejercen una influencia poderosa en todos los ámbitos de la vida, especialmente en nuestras relaciones interpersonales. Debido a que han estado proyectados en el sexo opuesto, en lugar de conducir a la plenitud personal, han conducido al conflicto, al enfrentamiento y a la separatividad.


En este taller exploraremos cómo integrar los propios aspectos femeninos (receptividad, intuición, conexión profunda con el cuerpo, las emociones y los vínculos) y los aspectos masculinos (autoafirmación, logro de metas, conexión con el nivel mental racional y lógico). Mediante distintas técnicas - meditación activa, interpretación de sueños y mitos, visualizaciones - investigaremos los mandatos y estereotipos que hemos internalizado (la forma en que creemos que deberíamos ser), las máscaras y estrategias que empleamos para obtener aprobación, y cómo liberar las emociones reprimidas/en sombra a fin de identificar, aceptar y expresar genuinamente nuestra manera individual y única de ser mujer.


Sábado 21 de noviembre de 10:00 a 18:00 horas.

Lic. Alicia Schmoller - 4784-8473
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domingo, 2 de agosto de 2009

PRÓXIMO TALLER: EXPLORANDO NUESTRA SOMBRA

En Bahía Blanca, el sábado 15 de agosto.

viernes, 3 de julio de 2009

¿QUIÉNES SOMOS? (adaptado de mi libro La Sombra: cómo iluminar nuestros aspectos ocultos, y publicado en Conciencia Sin Fronteras)

-¿Y tú quién eres?- preguntó la oruga.
Alicia respondió, tímidamente: - Yo...ahora no estoy segura. Pero al menos sé quién era cuando me levanté esta mañana, aunque desde entonces debo haber cambiado varias veces. Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas.


En todo ser humano existen varias sub-personalidades o yoes. Solemos creer que somos seres congruentes e integrados, con una identidad única. Sin embargo, al igual que el cuerpo físico está formado por diferentes órganos y sistemas, la característica esencial de la psique es la multiplicidad. Además de nuestra familia externa, compuesta por padres, hermanos y otros parientes, tenemos una familia interna, una comunidad interior multifacética.
Nuestros distintos yoes son relativamente independientes y autónomos. Cada uno tiene sus propias necesidades, impulsos, deseos y opiniones, llegando incluso a diferenciarse en sus gestos y posturas corporales. Algunos forman parte de nuestra identidad consciente, y por lo tanto, los reconocemos con facilidad. Su contraparte son los yoes que existen en la sombra, y que reprimimos a fin de mantener nuestra auto-imagen consciente y/o para preservar nuestros vínculos con los demás.
Percibir nuestra multiplicidad nos permite comprender cambios de conducta, tanto propios como ajenos, que con frecuencia nos resultan desconcertantes. Es común tomar una decisión, como ponernos a dieta, estudiar un idioma, o dejar de fumar, para luego abandonar estos proyectos debido a que surgen otros yoes que no tienen ninguna intención de realizarlos. Un proceso similar ocurre cuando un hombre o una mujer le dice a su pareja que la ama profundamente para exhibir luego una serie de actitudes indiferentes o distantes, producto de la emergencia de un yo que no desea la intimidad.

Personajes que nos habitan:
Uno de ellos es el yo protector o controlador, cuya función es proteger al niño vulnerable. Surge a una edad muy temprana, se dedica a descubrir los comportamientos premiados y castigados, y crea un conjunto de reglas que deben ser obedecidas en todo momento. Tiende a ejercer su control sobre la propia conducta y la de quienes nos rodean, y es sumamente rígido y estructurado.
El yo incentivador está siempre atento a lo que debemos hacer. Confecciona listas minuciosas y detalladas con infinidad de quehaceres, y una vez cumplidos, inmediatamente agrega otros. Su función es estimularnos constantemente para sentir que somos exitosos. No obstante, su carácter compulsivo nos impide relajarnos y tener un contacto profundo con nosotros mismos y con los demás, y muchas veces percibimos su presencia por medio de síntomas físicos: dolores de cabeza, presión sanguínea elevada, contracturas musculares e insomnio.
El yo perfeccionista tiene un elevado nivel de exigencias en todos los planos. Nos impone tener un aspecto perfecto, vestirnos de acuerdo a la última moda, tener una pareja, hijos y un hogar también perfectos, un automóvil último modelo, o al menos impecable y lustrado, y ser siempre los mejores en todo. Durante una sesión en la que trabajamos este aspecto, Jorge, un odontólogo de 58 años, me dijo que su perfeccionista interior le resultaba imprescindible. Creía que sin él, su vida sería un desastre, ya que se dejaría estar, no estudiaría ni haría deportes y tampoco trabajaría todos los días como solía hacerlo. Afortunadamente, logró darse cuenta de las demandas excesivas de este aspecto, y aprendió a regular su intensidad.
El yo crítico se dedica a censurarnos constantemente. No hay logro que baste: siempre encuentra algo que hemos hecho mal. Tiene un talento increíble para detectar todos nuestros errores y defectos, reales e imaginarios, y hacérnoslos notar, y sus tácticas son la comparación con los demás y la descalificación permanente. No se pierde ningún detalle, y toda área, desde nuestro aspecto físico hasta nuestra evolución espiritual, es válida para mostrarnos cuán poco valemos.
Otro integrante de este selecto grupo es el yo complaciente, cuyo objetivo es asegurarse que siempre sabremos qué hacer para satisfacer a los demás. Posee una gran capacidad para percibir lo que otros desean y brindárselo, aún cuando implique postergar o negar los propios deseos y necesidades.

Los yoes repudiados provienen de la represión de instintos y emociones básicas que consideramos negativos, como la ira, el egoísmo, la maldad, y el instinto sexual. En ocasiones adoptamos una actitud quirúrgica con estos personajes, como si los pudiéramos extirpar. Esto genera una especie de círculo vicioso: se intensifica tanto el temor que les tenemos como nuestro intento por reprimirlos, y lo único que logramos es que adquieran más poder. El estrés, la fatiga crónica y la depresión suelen tener su raíz en la represión de estos aspectos.
El yo víctima o mártir siempre se queja de lo mal que le va en la vida, y de la falta de reconocimiento e ingratitud de sus seres queridos. El yo saboteador es el que “nos juega en contra”, conduciéndonos al fracaso, que muchas veces se debe a un temor inconsciente al éxito. El yo pesimista nos hace suponer problemas y dificultades inexistentes. Siempre espera lo peor, haciendo honor a la frase de Mark Twain, el famoso novelista: “Soy un hombre anciano, y he conocido infinidad de problemas, la mayoría de los cuales sólo existieron en mi propia mente”. Su opuesto, el yo negador, padece de un exceso de optimismo. Nos induce a ignorar los límites, y a incurrir en excesos o descuidos de distinta índole: alimentación inadecuada, falta de preparación para un examen, gasto excesivo de dinero o negligencia en el trabajo, que se justifican de diversas maneras. Enfrentado con las consecuencias de sus acciones, en lugar de modificar su conducta, se refugia en afirmaciones como “No hay mal que dure cien años”, o “Dios proveerá”.
El rechazo de cualquier yo o subpersonalidad impide su evolución. Si repudio a mi yo vulnerable o necesitado, y me identifico exclusivamente con mi yo independiente, mis necesidades insatisfechas seguirán viviendo en la sombra. Por el contrario, si me conecto con él para ver qué necesita y cómo brindárselo, estaré contribuyendo a su transformación potencial.

El grado de intensidad de los personajes internos es netamente individual. Cuando se encuentran presentes en una dosis moderada, cumplen una función útil. Sin embargo, tienden a caracterizarse por hacer caso omiso a la inscripción del templo de Apolo en Delfos, que indicaba: “Nada en exceso”.
Pese a ser necesarios cuando somos pequeños, tienden a eternizarse, y cuando llegamos a la adultez, pueden dificultar o impedir nuestra vinculación profunda y auténtica con los demás. Por más que tratan de obligarnos a seguir las pautas que, a su entender, son necesarias para obtener la aprobación y el amor de quienes nos rodean, sus intentos fracasan. No existe ningún sustituto válido para el amor y la aprobación internos, y por más demostraciones de afecto que logremos recibir por su intermedio, nunca creeremos en ellas si se basan en la distorsión y el ocultamiento de nuestras características reales.
Algunas sub-personalidades conviven pacíficamente; otras tienen una relación signada por el conflicto. Tomar conciencia de la multiplicidad de aspectos nos permite descubrir cuáles se manifiestan en cada momento, y lograr una conciliación entre ellos, teniendo en cuenta sus anhelos y necesidades respectivos.

El niño interno es un personaje que se manifiesta con gran frecuencia. Independientemente de nuestra edad cronológica, tendemos a actuar como niños frente a nuestros padres. También solemos actuar de manera infantil frente a otras figuras de autoridad, ya sea nuestro jefe, un policía, o las personas que admiramos, como los “ricos y famosos”.
No hay un niño interior único sino una especie de jardín de infantes, compuesto por los diversos niños que han quedado constelados en cada individuo. Así, pueden coexistir el niño mimado, el niño abandonado, el niño bueno, el niño malvado, el niño responsable, el niño prepotente, el niño desvalido, el niño creativo...
En épocas de crisis, o cuando nos encontramos en situaciones que representan un desafío, los niños internos se activan de manera automática, haciéndonos sentir que no tenemos la capacidad para enfrentarlas. Esto es cierto: los niños no disponen de una gran variedad de recursos, y necesitamos recurrir a yoes más maduros y adultos en lugar de quedar atrapados por nuestros aspectos infantiles.

Nuestro contexto tiene un efecto inductor. Hay circunstancias que fomentan la expresión de algunas sub-personalidades y la inhibición de otras. El yo madre o padre, el yo pareja, el yo perezoso, el yo profesional o laboral y el yo inseguro son muy diferentes. Algunos personajes internos permanecen siempre iguales – por ejemplo, el niño carenciado o la niña asustada – mientras que otros evolucionan y se transforman.

Hay aspectos a las que sólo podemos acceder desde otro nivel de conciencia. Cuando estoy meditando, surge un yo que suele tener gran claridad y respuestas profundas que me permiten comprender el sentido de algún proceso o el significado de un sueño. Por el contrario, mi yo escéptico y desconfiado descree todo, incluso lo que estoy escribiendo en este preciso instante.
Cuando participé por primera vez en un curso de Visualización Creativa, uno de los ejercicios consistía en formular diariamente dos preguntas. Luego de ingresar en un estado de conciencia expandida, se debía visualizar la figura de algún maestro, plantearle las preguntas, y anotar sus respuestas sin modificarlas ni evaluarlas. Pese a mi incredulidad inicial, el resultado era asombroso, particularmente cuando volvía a leer las respuestas obtenidas unos días más tarde.

Cuando se utiliza este tipo de técnica puede aparecer la imagen de un amigo, un familiar, un maestro espiritual, o una imagen simbólica: el viento, una flor, o la sensación de una presencia invisible. Lo importante no es la imagen en sí, sino lo que ésta simboliza: la conexión con un aspecto sabio que existe más allá de nuestro estado de conciencia habitual. Tenemos a nuestra disposición recursos muy vastos que nos haría bien conocer y emplear - de ahí la importancia de practicar alguna disciplina que nos permita valernos de ellos, como la meditación, la visualización, el yoga, la relajación o algún método de respiración consciente, como el Pranayama.
Realizarlas con regularidad facilita el ingreso a estados de conciencia ampliada o expandida – podría compararse con ejercitar un músculo que se vuelve cada vez más fuerte y elástico.
Sin embargo, nos cuesta ser constantes. Si bien hay yoes que desean vivir en un estado de equilibrio y armonía, otros no desean renunciar al beneficio secundario que nos brindan los conflictos y a la adrenalina de nuestras crisis.
El inconsciente no distingue entre placer y dolor – registra la intensidad de las situaciones. Pese a no saberlo o admitirlo conscientemente, a veces nos aferramos a nuestras dificultades. El personaje del “rey o reina del drama” pone en evidencia nuestra adicción a la intensidad. Ésta sirve para compensar la sensación de vacío, falta de sentido e insignificancia, y es una forma de inflación del ego que nos impide descubrir y apreciar facetas desconocidas e insospechadas en lo habitual y cotidiano.

Algunos personajes internos tienen un rol compensatorio. Las personas que actúan predominantemente desde su yo intelectual o racional frecuentemente emplean a su mente de manera defensiva. Se protegen de la intensidad de sus emociones, que permanecen en la sombra, burlándose de la sensibilidad de otros. A su vez, las personas sentimentales y emotivas tienden a descalificar a los intelectuales; se sienten inseguras o incompetentes en ese plano y no registran que en su sombra existe un aspecto intelectual sumamente desarrollado.
Hay personas que se muestran muy masculinas, firmes y decididas, y que desconocen que albergan en su interior un aspecto femenino, o anima, muy tierno y cálido; lo mismo ocurre con las personas que aparentan ser totalmente independientes, y que critican a quienes se muestran inseguros o necesitados, ya que en su inconsciente encontraremos la polaridad opuesta.

La multiplicidad está compuesta por oposiciones, y al igual que un péndulo, tendemos a oscilar entre los diferentes polos. Gabriela, una paciente, solía pasar por épocas en las que sólo consumía la así llamada comida chatarra: hamburguesas, panchos, papas fritas, y dulces. Pese a que no aumentaba de peso, cada tanto decidía comenzar una etapa de “purificación”, y se limitaba a comer frutas y verduras, ingiriendo además una serie de vitaminas, minerales y antioxidantes.

Toda actitud consciente implica la existencia de su contraparte a nivel de la sombra, y la identificación exclusiva con algunos yoes conduce a la irrupción de los aspectos opuestos para equilibrarnos. Si tiendo a actuar siempre de manera mesurada y ahorrativa, en algún momento aparecerá “la gastadora”; si me polarizo del lado de la bondad y la conciliación, tarde o temprano hará su aparición en escena mi yo contencioso y peleador.
Descubrir los múltiples aspectos que viven en nuestro interior permite comprender contradicciones aparentes. Contradecir - “decir en contra” - significa afirmar aspectos opuestos. Cuando tenemos pensamientos y sentimientos contradictorios, es común preguntarnos cuál es la verdad; ésta es relativa, y depende del yo que se está expresando.

El Self, o sí-mismo, el arquetipo de la unión de los opuestos, logra integrarlos en una síntesis que los trasciende. Tomar conciencia de la sombra requiere la capacidad para tolerar las oposiciones, en lugar de funcionar desde la conciencia infantil que ve todo como si fuera blanco o negro, y en consecuencia, se limita a aceptar o rechazar, a idealizar o denigrar.
De acuerdo al Tao Te Ching, “Al tener conciencia de lo bello, se tiene conciencia de lo feo. Existencia y no existencia se engendran mutuamente; también lo hacen lo difícil y lo fácil, lo largo y lo corto, lo alto y lo bajo, el sonido y el silencio”.
Cuando les damos su lugar a las energías en oposición, los opuestos se vuelven complementarios y encuentran una relación de cooperación. Si toleramos la tensión entre aspectos divergentes sin polarizarnos, surgirá una tercera opción.
Nuestro bienestar psíquico depende de la oscilación armónica entre los diversos personaje internos. En La Estructura y Dinámica de la Psique, Jung relata la historia de un jefe indio, un guerrero a quien en la mitad de la vida se le apareció el Gran Espíritu en un sueño. Éste le anunció que a partir de ese momento, debía sentarse junto a las mujeres y los niños, vestirse con ropa de mujer y comer la comida reservada para éstas. El jefe obedeció este mensaje sin perder su autoridad: sabía que había expresado plenamente su aspecto masculino y que necesitaba explorar su aspecto femenino.
La polarización nos deja con un repertorio limitado, mientras que la aceptación nos permite darle su lugar a los diferentes yoes y concederle validez a la totalidad de nuestro panorama interno.

Nuestra identidad no es fija ni inmutable, y se modifica a lo largo del tiempo. En las sociedades tribales existían rituales que requerían la capacidad para soportar el dolor, marcando así el final de la infancia – el dolor era necesario para generar la aparición de un yo adulto. Las transiciones y las crisis estimulan la aparición de yoes nuevos, siempre y cuando no quedemos adheridos a otros, como el yo víctima o el yo resentido.
Ingresar en la adultez es un proceso que puede resultar difícil para muchas personas, y la riqueza potencial de esta etapa se encuentra eclipsada por nuestra obsesión por conservar la juventud, ese “divino tesoro”. Tenemos una visión prejuiciosa y deprimente del envejecimiento, que asociamos con la pérdida de poder y prestigio. No obstante, los yoes ancianos poseen gran sabiduría y experiencia, y al igual que sus acompañantes más jóvenes, necesitan ser incluidos y valorados.

Aceptar la multiplicidad, y los aspectos de la sombra que incluye, requiere dejar de comparar y juzgar, y renunciar a la necesidad compulsiva de entender inmediatamente todo lo que nos ocurre. Solemos compararnos con los demás en una especie de competencia constante - actuamos una versión moderna de la reina del cuento de Blancanieves, formulando diariamente la pregunta: “Espejito, espejito, dime: ¿quién es la más bella de todo el reino?”. La cualidad anhelada varía: belleza, inteligencia, fama o poder, pero el deseo subyacente es siempre el mismo: ser los mejores.
La tendencia a la comparación y el juicio se extiende a todas nuestras experiencias. Como si se tratara de un reflejo condicionado o un tic nervioso incontrolable, comparamos y juzgamos todo – las vacaciones de este año con las del año pasado, nuestro automóvil con el del vecino, nuestra pareja con la de los amigos, y nuestro nivel de ingresos con el de otros colegas. Este es un proceso interminable, porque el resultado siempre es transitorio, y el triunfo de hoy puede ser la derrota de mañana. Al igual que el patito feo, que sufría porque no era como los demás, la comparación nos impide reconocer nuestra propia belleza.
De acuerdo a la Madre Teresa de Calcuta, si nos dedicamos a juzgar a otros, no nos queda tiempo para amarlos. Aceptar a todos nuestros personajes internos sin expectativas idealizadas facilita el desarrollo del amor incondicional hacia nosotros mismos y los demás.
A su vez, renunciar a entender no significa convertirnos en seres descerebrados, sino dejar de considerar al intelecto como el instrumento básico para nuestra aprehensión del mundo. La necesidad constante de comprender obstruye el contacto con nuestras vivencias, conduce al pensamiento recurrente y dificulta el desarrollo de otras funciones psíquicas, como la sensación y la intuición.
Nuestras ideas preconcebidas en cuanto a cómo debería ser nuestra vida nos impiden estar en el presente, vivirlo tal como es, y apreciar lo que nos puede brindar cada instante.
Reconocer nuestra multiplicidad nos permite renunciar a las identificaciones parciales y limitadas, y abre el camino para descubrir la riqueza oculta de la totalidad de nuestro ser.

martes, 16 de junio de 2009

Palabras - Diario La Nación, 12/06/09

Sólo podemos encontrar el amor en su morada íntima, nuestro propio corazón. El corazón, o chakra cardíaco, es el órgano que nos permite abrirnos a las demás personas y al mundo. Se lo considera la fuente del amor incondicional y la compasión, y al conectarnos con él absorbemos la energía necesaria para ingresar en los rincones más oscuros.

El amor incondicional es la capacidad de amar sin condiciones, preferencias o expectativas. Amar incondicionalmente no significa no poner límites cuando es necesario o apropiado, ya que eso no sería amor, sino sometimiento. Este tipo de amor implica la aceptación de las demás personas tal como son, aun cuando posean cualidades o caracteres que nos desagraden. Por otra parte, el amor incondicional bien entendido empieza en casa, con la inclusión amorosa de todos nuestros aspectos. El amor hacia uno mismo, con sombra incluida, se traduce luego en la capacidad de amar realmente a los demás.

La compasión es la atención al sufrimiento de otra persona, unida al deseo de ayudarla y contenerla. La palabra compasión significa padecer juntos, abrir nuestro corazón para sentir el dolor ajeno como si fuera el propio. No se trata de sentir lástima o tristeza, sino de la comprensión del corazón que también ha sufrido y que conoce el rol transformador del sufrimiento. Al igual que el amor incondicional, la compasión comienza a nivel interno, cuando somos capaces de sentirla por nuestro propio sufrimiento, nuestra ignorancia e ineptitud e, incluso, nuestra falta de compasión.

Alicia Schmoller se graduó como psicóloga en Buenos Aires y en Nueva York estudió Psicología Transpersonal. Además, mitos, arquetipos y un tema que apasionaba a Jung, la sombra, nuestra parte oscura. Publicamos un fragmento de su libro La sombra, Cómo iluminar nuestros aspectos ocultos.